RAMÓN DE CAMPOAMOR Y CAMPOOSORIO

Navia, Asturias, 24 septiembre de 1817 – Madrid, 11 de febrero de 1901. Hijo de un modesto campesino y una rica hacendada. A los nueve años comenzó sus estudios secundarios en la villa de Puerto de Vega. Posteriormente cursó estudios de filosofía en Santiago de Compostela y de lógica y matemáticas, en Madrid. A los dieciocho años se trasladó a Torrejón de Ardoz (Madrid) donde empezó los estudios de Medicina, pero los dejó en breve tiempo. A los veinte años publicó su primera obra impresa, una comedia titulada Una mujer generosa (1838) y sus primeros versos, Ternezas y flores (1838). Se afilió al partido moderado y fue nombrado gobernador civil de la provincia de Castellón. Se casó con Guillermina O’Gorman, una joven dama de acomodada familia irlandesa afincada en Alicante; una devotísima católica, de cuya unión no hubo descendencia. Entre 1851 y 1854 fue gobernador de Valencia e intervino con un escaño en el Congreso. En 1861 fue designado como miembro de la Real Academia de la Lengua Española, ocupando el sillón E. Algunos de sus libros de poesía son: Versos románticos (1838); Poesías (1838); Ayes del alma (1840); Fábulas originales (1842); Doloras (1846); Poesías y fábulas (1847); El drama universal (1853); Colón (1853); Pequeños poemas (1872-1874); Los buenos y los sabios; Poema en cinco cantos (1881); Humoradas (1886-1888); Don Juan: pequeño poema (1886); Los amores de una santa: poema en cartas (1886); Fábulas completas (1941).

 

LOS PADRES Y LOS HIJOS

Un enjambre de pájaros metidos

en jaula de metal guardó un cabrero

y a cuidarlos voló desde el otero

la pareja de padres afligidos.

—Si aquí –dijo el pastor–, vienen unidos

sus hijos a cuidar con tanto esmero,

ver cómo cuidan a los padres quiero

los hijos por amor y agradecidos.

Deja entre redes la pareja envuelta,

la puerta abre el pastor del duro alambre,

cierra a los padres, y a los hijos suelta.

Huyó de los hijuelos el enjambre,

y como en vano se esperó su vuelta,

mató a los padres el dolor y el hambre.

 

EL BUSTO DE NIEVE

De amor tentado un penitente un día

con nieve un busto de mujer formaba,

y el cuerpo al busto con furor juntaba,

templando el fuego que en su pecho ardía.

 

Cuanto más con el busto el cuerpo unía,

más la nieve con fuego se mezclaba,

y de aquel santo el corazón se helaba,

y el busto de mujer se deshacía.

 

En tus luchas, ¡oh amor de quien reniego!,

siempre se une el invierno y el estío,

y si uno ama sin fe, quiere otro ciego.

 

Así te pasa a ti, corazón mío,

que uniendo ella su nieve con tu fuego,

por matar de calor, mueres de frío.

 

 

EL CONCIERTO DE LOS ANIMALES

Supuesto que respira,

se hace oír, bien o mal, cualquier garganta;

y en esto no hay mentira,

pues mal o bien, el que respira, canta.

Hablen, si no, mil animales duchos

que dieron un concierto como muchos.

Y es fama que el sentido

no acompaña a los órganos vocales,

por lo que ha sucedido

que en la patria de dichos animales,

cada cual, presumiéndose asaz diestro,

gritó :

—¡Caiga el león! ¡Fuera el maestro!

Cayó la monarquía,

y en república el reino convirtieron.

—Vaya una sinfonía

de nuestros triunfos en honor –dijeron–;

cada uno cante cual le venga a mano:

ya no más director; ¡muera el tirano!

 

Comenzóse el concierto,

cá-cá-rá-cá, gritando el polli-gallo;

y al primer desacierto

con un relincho contestó el caballo;

a-y-o, a-y-o, siguió el pollino;

pí-pí-pí, el colorín; ufff, el cochino.

 

El mis y el marramau

cantó el gato montes, cual tigre bravo;

y con cierto pau-pau

le acompañaba el indolente pavo;

formando tan horrenda algarabía,

que ni el mismo Luzbel la aguantaría.

 

El león destronado,

viendo el reino en desórdenes tan grandes,

—Silencio –dijo airado,

mostrando un arcabuz ganado en Flandes– ;

el rey va a dirigir: atrás, canalla.

Y al verle cada cual, amorra y calla.

 

—Vuelva a sonar la orquesta

–siguió el tirano, de Nerón trasunto–,

y ¡ay de la pobre testa

de aquel que por gruñir me coma un punto!

¿Qué es replicar? No hay réplica ninguna.

Palo o canción; vamos a ver: ¡a una!

 

Y la orquesta empezando,

pí-pí, cá-cá-rá-cá, mis-mis, miau-miau

siguió después sonando

a-y-o, a-y-o, ufff-ufff, pau-pau.

Y tal sonó la música que alabo,

que el mundo gritó absorto: —¡Bravo! ¡Bravo!

 

Fue el concierto, antes loco,

la maravilla, vive Dios, del arte;

y aunque gruñendo un poco,

 

cada animal desempeñó su parte;

aprendiendo, en perjuicio de su testa,

que sin buen director no hay buena orquesta.

 

EL GATO Y EL MILANO

(Oficios mutuos)

Desplumaba a una tórtola un milano,

y un gato que gruñendo lo veía

el hocico lamiéndose, aunque en vano,

—¡Ah, verdugo! –furioso le decía –.

—Y tú ¿qué eres? –el ave le contesta –.

Calló el gato, ocultando su deseo;

y echándole las garras por respuesta,

—¿Qué he de ser, contestó, siendo tú el reo?

Dotado siempre está de ansia inhumana

cuanto arrojar al mundo a Dios le plugo

verdugos de hoy, reos serán mañana,

pues el reo de ayer es hoy verdugo.

 

EL REINO DE LOS BEODOS

Tuvo un reino una vez tantos beodos,

que se puede decir que lo eran todos,

en el cual por ley justa se previno:

Ninguno cate el vino.

Con júbilo el mas loco

aplaudióse la ley, por costar poco:

acatarla después, ya es otro paso;

 

pero en fin, es el caso

que la dieron un sesgo muy distinto,

creyendo que vedaba solo el tinto,

y del modo más franco

se achisparon después con vino blanco.

Extrañado que el pueblo no la entienda.

El Senado a la ley pone una enmienda,

y a aquello de: Ninguno cate el vino,

añadió, blanco, al parecer, con tino.

Respetando la enmienda el populacho,

volvió con vino tinto a estar borracho,

creyendo por instinto ¡mas qué instinto!

que el privado en tal caso no era el tinto.

Corrido ya el Senado,

en la segunda enmienda, de contado

Ninguno cate el vino,

sea blanco, sea tinto, les previno;

y el pueblo, por salir del nuevo atranco,

con vino tinto entonces mezcló el blanco;

hallando otra evasión de esta manera,

pues ni blanco ni tinto entonces era.

Tercera vez burlado,

—«No es eso, no señor», dijo el Senado;

«o el pueblo es muy zoquete, o muy ladino:

se prohíbe mezclar vino con vino».

Mas ¡cuánto un pueblo rebelado fragua!

¿Creéis que luego lo mezcló con agua?

Dejando entonces el Senado el puesto,

de ese modo al cesar dio un manifiesto:

La ley es red, en la que siempre se halla

descompuesta una malla,

por donde el ruin que en su razón no fía,

se evade suspicaz... ¡Qué bien decía!

 

Y en lo demás colijo

que debiera decir, si no lo dijo:

Jamás la ley enfrena

al que a su infamia su malicia iguala:

si se ha de obedecer, la mala es buena;

mas si se ha de eludir, la buena es mala.

 

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