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PETRONIO, CRÍTICO DE LA DECADENCIA ROMANA

PETRONIO, CRÍTICO DE LA DECADENCIA ROMANA

Tania Zapata Ortgega

Saturarum Libri o El Satiricón, de Petronio, refinado aristócrata del tiempo de Nerón, es un desconcertante e interesantísimo libro, conservado en estado fragmentario; corresponde al periodo postclásico de la literatura latina. Considerada por algunos como la primera novela picaresca, costumbrista o de aventuras en el sentido moderno, es una colección de fragmentos reunidos en tres siglos de búsqueda. Su estructura narrativa es novedosa para la época.

     La obra retrata la sociedad neroniana con la misma alegría y el cinismo que caracterizaron en vida al escritor; Petronio ironiza en ella las costumbres y valores sociales de su tiempo y refleja la injusticia y la desigualdad social en la decadencia del Imperio Romano exhibiendo la corrupción provocada por las costumbres licenciosas, los afanes de riqueza y poderío y elevando una potente voz de protesta social que ha llegado hasta nuestros días:

     "Tanta divinidad protectora hay en este país, que abundan menos los hombres que los dioses... Al mismo Senado, árbitro del Honor y la Justicia, le hemos visto ofrecer a Júpiter mil marcos de oro, y así parece despertar la avaricia ajena, puesto que intenta atraerse el favor del cielo a fuerza de dinero".

     El Satiricón relata las aventuras de tres pícaros, el liberto Encolpio (narrador en primera persona), su mancebo Gitón, y Ascilto, a quien luego sustituye el poetastro Eumolpo, quienes recorren la Italia Meridional; en las interminables aventuras alternan la mayor fortuna y las desgracias más increíbles ocurren a los personajes, impostores, trapaceros, defraudadores, vagabundos, glotones, fornicadores. Abigarrado y pintoresco relato lleno de lances singulares, descripciones cómicamente fabulosas cuya acción, varia y cortada con trances inesperados y grotescos, tiene un acelerado ritmo en crescendo.

     Numerosos historiadores de la literatura soslayan la importancia de la crítica de Petronio a la decadente sociedad romana; esta actitud, atribuible no sólo a una gazmoñería clerical, sino a una posición clasista, no logra ocultar los entresijos de la vida disipada del imperio, donde los libertos enriquecidos hacían gala de su opulencia de nuevos ricos, como en el banquete de Trimalción en el que éste ofrece portentosas viandas, vino y placeres a sus invitados, atendidos por sus criados y esclavos. Lejos de exaltar la elegancia de la vida cortesana, Petronio retrata los peores vicios y se solaza en las más bajas funciones del cuerpo, como cuando Trimalción, en medio del banquete, debe ir al baño y al volver arenga a sus invitados a no contener los impulsos del cuerpo, como no lo hace ni su propia mujer, pero mejor será dejar que el poeta lo exprese con sus propias palabras:

    "Ninguno de nosotros ha venido al mundo sin la grieta correspondiente. En lo que a mí respecta, convencido estoy de que lo peor que se puede hacer es detener los empujes. Es tormento que ni el propio Júpiter podría soportar. ¿Te ríes, Fortunata? Pues sí, puedes reírte, después de que a causa de tus detonaciones no puedo pegar los ojos en toda la noche (…) Créanme amigos míos, cuando los gases por contenerlos se nos suben al cerebro, nos llenan todo el cuerpo de malos humores. Más de uno he conocido que murieron malamente por falta de sinceridad a causa de una urbanidad mal entendida".

     La obscenidad sin ningún paliativo campea en las páginas de El Satiricón, libro decadente y singular que carga las tintas en las costumbres relajadas con un estilo único en su clase en la literatura latina; escenas de desconcertante comicidad, de inverosímil trabazón y de humor grueso y caricaturesco. Es notable el empleo consciente del latín vulgar, tan distinto de la lengua literaria de la época, lo que refleja el interés del autor en dar colorido popular a su relato, que incluye la crítica a escritores contemporáneos, como cuando, en medio de las penalidades de un viaje, en el contexto más inadecuado, Eumolpo diserta sobre poesía y se burla de la elitista estética horaciana; las flatulencias de un mozo que carga sus pertenencias enmarcan su discurso:

 

"¡Cuántas personas, amigos míos, se han dejado llevar por una falsa vocación hacia la poesía! Muchos hay que apenas han conseguido medir o enderezar un verso o encerrar en un periodo una idea más o menos delicada, ya se creen en la cima del Helicón. Por ello, y para en cierta manera descansar de las fatigas del foro, muchos abogados se refugian en el tranquilo oasis de la poesía, cual puerto seguro; creyendo que es más fácil hacer una epopeya que un alegato iluminado de breves sentencias centelleantes. Pero el hombre de amplia inspiración no se forja tales ilusiones, pues sabe muy bien que aún el genio mismo no puede engendrar ni parir nada grande, si antes el caudaloso río de la cultura no ha venido a inundarle con sus fecundantes aguas. Es preciso evitar, pues, y ante todo, lo que podremos llamar la trivialidad de expresión y no emplear sino términos que no use el populacho. Como dijo Horacio: Odio y me aparto con horror del profano vulgo".

 

Publicado originalmente en el número 796 de la revista buzos de la noticia el 27 de noviembre de 2017.

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