MUCHAS
GRACIAS, SEÑOR SECRETARIO
Tania Zapata
Ortega
Luce un
sombrero con cintas multicolores y, sobre la camisa, un flamante
atuendo regional bordado por manos expertas, pero sus zapatos
nuevos y el resto de su indumentaria indican otra condición
social. El señor secretario es más alto y robusto que los otros
personajes que lo acompañan en la mesa y lo miran, esperando
adivinar sus pensamientos e intenciones para complacerlo.
En la sala,
llena desde temprano, y sentadas en el orden que les fue indicado
al entrar, están cientos de mujeres, vestidas a la usanza de su
región de origen, con el traje característico; solferino y blanco
son los colores predominantes. Miran sin expresión mientras, de
vez en cuando, algún niño llora. La madre sostiene al recién
nacido y lo alimenta con naturalidad sin ocultar el descubierto
seno.
El olor de
la concurrencia, a días de viaje por caminos intransitables
y, a veces, en camiones sin toldos, el olor de las bestias
de carga, que ha penetrado en los cuerpos campesinos, se
impone a la cara loción con que se ha perfumado el
secretario.
En una de
las paredes laterales se proyectan imágenes de hombres y
mujeres labrando la tierra, al ritmo de la pegajosa melodía
que desde hace meses suena en los comerciales del gobierno.
Frutas apetitosas aparecen en una secuencia que trata de
ilustrar la riqueza de la tierra. Árboles inmensos cuya
sombra cobija a hombres y mujeres como ellas, sólo que en la
pantalla aquella gente aparece con ropas nuevas y
resplandece su sonrisa mientras repiten una y otra vez la
frase hipnótica que propone la canción.
De súbito,
la música se interrumpe y el moderador da dos golpecitos al
micrófono, sopla sobre él y luego, engolando la voz comienza la
presentación de las autoridades que presidirán el acto. Menciona
al Secretario y a su señora esposa. Y va nombrando a cada uno
mientras que el aludido se levanta para recibir el desganado
aplauso de un público en ayunas aún porque fue citado tres horas
antes del arribo del visitante.
El
presentador explica el motivo de la reunión, la importancia
del apoyo que, en unos minutos, será entregado a todos los
grupos de mujeres presentes, “que solicitaron apoyo del
gobierno para importantísimos proyectos productivos que
detonen el bienestar de las familias en extrema pobreza en
sus comunidades”. Cede la palabra al Secretario y, solícito,
enredando sus pies en el cable, hace el intento de llevar el
micrófono hasta la mesa de honor, pero el funcionario se ha
adelantado ya, separando su silla, y camina hacia el
estrado.
Con voz
emocionada, atropellando el idioma, saluda a sus “hermanos y
hermanas” indígenas, se dice identificado con “la gente de este
maravilloso estado”… se aclara la garganta antes de seguir y
enfatiza el enorme esfuerzo del Señor Presidente de la República
que hace posible que mujeres como ustedes reciban hoy el apoyo.
Agradece al Señor Gobernador su apoyo a los hombres y mujeres más
humildes del campo y le envía un cordial saludo…
Su discurso
ahora gira en torno a la igualdad de oportunidades para las
mujeres, dice que si los proyectos productivos que ahora les están
subsidiando funcionan, el marido no les pegará más; además, dice
que el Estado es pionero en leyes para suprimir la violencia de
género. Hombres y mujeres lo miran sin comprender; no comentan
entre sí, casi no entienden el español, pero saben que deben
escuchar sin pestañear el torrente de palabras que brotan del
visitante y esperar a que entregue el dinero.
Ha terminado
su intervención y ahora se anuncia que un joven indígena dirigirá
las palabras de agradecimiento por la ayuda recibida: Primero en
su lengua, con fluidez va hilando su pensamiento bajo la mirada
atenta de un secretario que no comprende absolutamente nada de lo
que dice, pero que al final aplaudirá con un “democrático”
movimiento de cabeza.
Acto
seguido, saca de su bolsillo una hoja doblada y comienza su
lectura con dificultad. Pronuncia mal el español y deletrea
el agradecimiento al gobierno que los ayuda y al señor
gobernador. El discurso, preparado para que lo lea, tiene
palabras que le son ajenas y que cambia. Desde atrás de la
mesa de honor, un individuo con audífonos hace señas al
moderador fingiendo que tiene unas tijeras en los dedos,
para indicar que maniobre y haga que el muchacho termine ya
su intervención.
El suceso
esperado por todos está ocurriendo: una a una, van nombrando a las
representantes de las comunidades y grupos beneficiados; cada una
se levanta, camina hacia el estrado y recibe un sobre y un cheque
para desarrollar, le dicen, sus proyectos productivos y así salir
de la pobreza en que vive su familia.
Luego, sobre
en mano, caminan hacia donde están de pie el Secretario y su
esposa y los saludan. La Señora ha dejado su elegante bolso de
mano sobre la mesa y, sin hacer caso del teléfono que suena en su
interior, abraza efusivamente a cada una de las mujeres y las besa
emocionada. Él, coronado con una guirnalda, abraza a cada una y
les habla brevemente mirándolas a los ojos.
El acto está
por concluir, se ha marchado ya hacia el aeropuerto el señor
secretario, y los grupos de campesinas se apiñan en la entrada del
salón de fiestas. Va saliendo cada grupo con las manos vacías,
pues les recogieron los sobres, explicándoles que deberán
regresar, a fin de mes, para recibir su cheque porque el entregado
en la ceremonia no deben cambiarlo. ¡Es un cheque sin
fondos!
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