MAL DE OJO
Tania Zapata
Ortega
“¿Estás tú
diciendo que no le hagamos nada al maldito brujo? Mira, hace dos
días nos llevamos a mi mujer para la ciudad a ver si allá la
pueden curar del mal que le hizo. Claro que es verdad, dice mi
compadre que oyó clarito cuando El Pukuj (*) les dijo a
todos que se iba a comer su sombra porque no le trajo la gallina
negra y la ofrenda que pidió. Si daba lástima de ver cómo fue
quedando en los puros huesos”.
Va pardeando la
tarde, el aire se llena de gritos y miles de pájaros regresan a
dormir en las copas de los árboles. Bajo la sombra de la inmensa
pochota se han apostado los familiares de Carmen a
esperar a que llegue Antonio, El Pukuj. Desde ahí se
divisa claramente cualquier movimiento dentro de la casa del
Brujo de El Paraíso. Famoso por su habilidad para curar males
físicos y espirituales, su fama se fue extendiendo por toda la
región. La choza, cuyas paredes de barro hace dos años parecían
a punto de desmoronarse, fue sustituida por una amplia y sólida
construcción de cemento y ladrillo.
“No,
comisariado, ya te dije que aunque hayan venido las
autoridades de la cabecera, le vamos a sacar las tripas
para que se le quite, pero antes va a tener que decirme
cómo curar a Carmelita, aquí están sus hermanos y toda
mi familia para hacer justicia”. “Ésta es la casa, aquí
lo vamos a esperar y ahora sí no se escapa”.
Pasan las horas
y el brujo no llega, la noche huele a humedad, a
estiércol de ganado, los hombres se han cansado de
esperar afuera: “el maldito se debe haber enterado, como
que tiene pacto… aquí el zancudero no nos va a dejar,
mejor hay que entrar a su patio”.
Retiran la
tranca y pasan, despacio, con temor supersticioso, no
sea que el brujo haya dejado algún espíritu en su casa
para protegerse. La puerta está apenas entornada y los
hombres se animan unos a otros, deseando no ser los
primeros en franquear el umbral. Ya adentro, la intensa
luz de un centenar de veladoras sorprende a los
intrusos. El altar ocupa casi la mitad de la sala; es una
mezcolanza de imágenes religiosas, ídolos descarnados, hierbas,
ajos, cintas rojas, envoltorios de papel periódico, semillas,
recipientes de barro y loza… varios vasos de cristal con agua
turbia completan el escenario que pone los pelos de punta a los
rudos campesinos. Nadie habla. Varios de ellos se han acercado a
la puerta para escapar de la visión que, saben, les quitará el
sueño durante muchos meses.
Un silbido, a
lo lejos, agrega tensión a los tirantes nervios de
todos. Se acerca el brujo y todos se colocan cerca de la
puerta para arrojarse sobre el peligroso vidente y
evitar que escape. Una cobija raída, cuyos tonos
multicolores ahora están lavados por el tiempo, servirá
para cubrirlo antes de que mire a sus atacantes y los
hechice con sus ojos.
“Ya estuvo
suave, comisariado, deja de defenderlo y dile a sus
amigos de la cabecera que ahora que lo tenemos atrapado
no lo vamos a soltar, ya le sacamos los ojos para que no
nos haga daño y ahorita lo vamos a encuerar”. “Tú,
Pancho, apúrate con las cuerdas, hay que amarrarlo bien,
quítenle la ropa…”.
Miles de ojos
hambrientos contemplan la escena que rompe la monotonía en el
ejido. Todo el caserío ha salido para ver desde sus puertas cómo
traen al brujo. Viene gritando, a ratos en español y la mayor
parte del tiempo pide clemencia en tzotzil. Patadas y golpes
caen sobre su cuerpo mientras sus captores desquitan su odio y
su miedo.
Apenas hace
unos días alardeó sobre sus poderes sin medir las
consecuencias y ahora, cegado por sus captores, ha caído
sobre la tierra agrietada del camino. Ya no se mueve, su
respiración es apenas perceptible y de su boca asoma un
hilillo sanguinolento.
De la mula han
hecho descender el cuerpo exánime; y adentro de la clínica
comunitaria inspeccionan los débiles signos vitales del hombre.
La muñeca derecha está machacada y los dedos carecen ya de
movimiento. Con un sencillo examen concluyen que son siete las
costillas rotas y la doctora de turno declara que es necesario
trasladarlo de emergencia a la capital. Sabe del rumor porque en
la mañana una parturienta de El Paraíso le dijo que habían
amarrado al brujo Antonio y le habían sacado los ojos; también
sabe que los agresores no fueron identificados. Era
perfectamente posible que en el Ejido El Paraíso se enteraran de
su presencia en el improvisado hospitalito. Pese a la gravedad
de sus heridas, la ambulancia lo trasladará a toda velocidad,
alejándolo para siempre de su lucrativo oficio de
hechicero.
(*) En tzotzil:
Demonio, Espíritu maligno.
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