LOCUS AMOENUS (*)
Tania Zapata ortega
Sus pies ya no
sienten, desde hace horas, el ardiente calor de la cinta
asfáltica, bajo la luz cegadora del mediodía, camina bordeando
las vallas metálicas, los autos pasan en fuga interminable y, de
vez en cuando, un claxon rompe el silencio. Ella es sólo una
silueta abultada a la orilla de la carretera, en medio de la
prisa y la velocidad.
Las paredes
rocosas, con musgos y helechos medrando sobre la humedad, tienen
toda la frescura del agua que corre allá abajo y que sube con la
brisa y las protege del calor del mediodía. Las ondas de agua
fría lamen la orilla mientras un airecillo ligero juega a mover
las hojas verdes.
Lilia
desnudó sus pequeños pies sonrosados y entró en el
milagro del agua que corría con mansedumbre.
Ahora le duele
cada uno de los recuerdos, por eso se desprende de ellos a esta
hora de la tarde, cuando el Sol es una lanza de fuego que se
abate sobre su cráneo descubierto. Va olvidando su nombre y cada
memoria se convierte en humo. Queda tan sólo un puente, un
embarcadero y la quemante sensación del Sol sobre la suelta
cabellera negra.
Su
cuerpo joven se despojó de ataduras y nadó hacia el centro
de la corriente cristalina, atraído por la maravillosa canción
del agua cayendo desde una altura prodigiosa.
Con 19 kilos de
ropa ennegrecida enrollada en el cuerpo como un caparazón,
camina con lo que es su casa a cuestas desde hace dos años. Su
cabellera es una estopa negra que enmarca los ojos enrojecidos y
la tez quemada por el Sol y la intemperie. Camina tambaleante
entre la oscura desmemoria y el hambre primitiva. Mira sin
entender el peligro, situada entre los coches y la orilla. Se
orienta por instinto hacia la frescura y el silencio.
Una
garza blanca vuela a ras del agua, una estela blanca
señala el sitio de la corriente subterránea. El tiempo se
detiene en el instante mágico de los cuerpos abrazados bajo el
agua fresca.
Sin hogar, sin
rumbo, con unos pies que la llevan a donde no quiere ir, con
todas sus posesiones a cuestas, Lilia se sentó en una piedra, a
la orilla del camino. No comprende la mirada de asco avergonzado
que lanzan los transeúntes al pasar junto a ella, ellos dan un
rodeo y se bajan de la banqueta para no respirar el mismo aire,
como si la soledad, el desamparo y el vacío pudieran contagiarse
en su cercanía.
El
sol del atardecer se refleja en el espejo del agua. Al
verde y al castaño se suman los tonos rojizos del ocaso. Las
paredes rocosas se van llenando de sombras y la frescura es
ahora un escalofrío que recorre los cuerpos enlazados que ya
suben por el sendero.
Las luces de
los faros han comenzado a prenderse en la tarde que
declina. Ella sale por fin de la fuente, desnuda y con
la suelta cabellera chorreando agua. De pie, ordena el
revoltijo de trapos esparcidos en torno a la glorieta,
alisa sus cabellos y se apresta a cubrir su cuerpo ajado
con todo lo que posee. Es tarde y el estómago pide algo
antes de dormir.
La sorprende el
ruido de los motores y las sirenas de los carros; la persigue el
asombro de los peatones y la incomprensión de los
automovilistas. Recién bañada en el agua gris del quiosco, alisa
sus cabellos enmarañados, mientras el fotógrafo, con una
crueldad de la que no se avergüenza nunca, da cuenta del
divertido suceso, para el entretenimiento pasajero de unos
cuantos.
Ya
se hizo de noche, tengo frío, vámonos ya, que se van a
preocupar en casa –dijo la voz– dame la mano y sube por aquí,
ten cuidado de no resbalarte, abrázame…
(*) Lugar
apacible.
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