LINEAR
GOLD
Tania
Zapata Ortega
Ha caído la
tarde y, en la oficina de la presidencia municipal, el olor a
cuerpos sin lavar, a tierra, tabaco y alcohol, va impregnando el
ambiente a pesar del cloro con que Violeta empapó el
trapeador.
Los pobladores
de San Isidro, Las Banderas se apiñan en el reducido salón y miran
por encima de sus cabezas. En la mesa del delegado de gobierno, de
espaldas a la pared; casi acorralados por el nutrido grupo de
mineros, están el enganchador, el auxiliar contable y el abogado
de la mina Linear Gold. Callados, impasibles, con la pátina
del tiempo que los ha vuelto del color de la tierra, los mineros
escuchan la perorata de los hombres de la empresa. La indignación
se va enroscando en sus almas mientras los abofetean las
palabras.
“Estamos
extrayendo barita, entiéndanlo, b a r i t a, no oro o diamantes
como dicen los chismes que ustedes vinieron a contarle al señor
delegado”.
Hace apenas
dos años que la minera canadiense se estableció en su comunidad.
Antes, la actividad era exclusivamente agrícola para la mayoría,
aunque algunos, los más atrevidos, comenzaban a salir a buscar
trabajo fuera del país.
“Nosotros
hemos traído empleo a la zona; si no fuera por nosotros se
seguirían muriendo de hambre como antes… si no les parece, pues no se
enlisten, total, hay muchos que quisieran ganar su paga esta
semana; además, nosotros somos los únicos que les pagamos los días
festivos aunque no los trabajen”.
Pausa. La
gente encabezada por Benito habla entre murmullos. Se notan a
punto de saltar sobre el que les habla. Se trata de Cano, gerente
de la minera. Es un hombre corpulento cuyas manos delicadas
contrastan con su tosca figura. Una gruesa cadena dorada circunda
su repulsivo cuello. Es blanco, de horrible color oficinesco, casi
amarillento y el sol de la región no lo ha favorecido.
“Ustedes
quisieran que la empresa absorbiera los gastos del traslado, pero
no entienden que los camioneteros que los traen hasta la planta
son particulares; además, no tenemos obligación con ustedes de
llevarlos hasta sus casas, tienen que caminar, si quieren. Vale la
pena, ¿no? Y si no, pues no trabajen”.
El piso está
cubierto con el lodo que los
hombres traían adherido a sus huaraches. Afuera llueve, así es el
clima en esta región; un chipi chipi persiste desde el mediodía y
la neblina crece hasta hacer invisible el horizonte. Es la misma
zona donde hace unos meses, tras las intensas lluvias,
desaparecieron más de cien familias al hundirse el terreno donde
se ubicaban sus casas.
“¿Mejorar el
camino de acceso? No, señores, a cada comisariado ejidal le dimos,
a cambio de la firma del convenio de explotación por 12 años, el
dinero suficiente para que hagan lo que quieran. Si ellos no les
han dicho nada pues no es nuestro problema. Arréglense con ellos,
que son la autoridad, porque ustedes no son nadie, ni siquiera son
ejidatarios básicos, o sea que no tienen personalidad jurídica y
si estamos hablando es por nuestra buena voluntad”.
Encolerizado,
Benito empieza a hablar. Dice que los pobladores son la mayoría.
Que los comisariados ejidales no los representan y hace tiempo se
dedican sólo a lucrar a espaldas del pueblo. Asegura que volverán
a impedir los trabajos de extracción si no reciben el trato
justo…
“Ustedes no
entienden que no podemos pagarles inmediatamente. Tenemos que
hacer las nóminas, esto nos lleva más de tres días porque son más
de ochenta los que trabajan por semana… además, si quieren su
dinero tienen que seguir acudiendo a la cabecera a cobrar, porque
nosotros no nos vamos a arriesgar a que nos roben la raya de la
semana... comprendan que ninguna empresa de valores quiere entrar
a su comunidad”.
Cano mira a
los presentes tratando de infundirles temor. Se empina la botella
de agua que tiene enfrente, suda copiosamente y la furia asoma a
sus ojos. “Qué barbaridad, no valoran que los dimos de alta en el
Seguro Social. Qué más quieren, miren a Juan: cuando tuvo aquel
problema con sus piernas, nosotros lo llevamos al doctor en
nuestra propia camioneta. No teníamos obligación porque fue un
descuido de él, pero pagamos todo e, incluso, estamos viendo que
sus muñones queden bien. ¿Ven? aunque no estaba afiliado nos
hicimos cargo, ¿no es cierto Juan? Diles…
Los ojos de
Juan llamean de cólera. Está sentado frente al que habla; sus
muletas, recargadas en el muro, atestiguan el accidente que sufrió
meses atrás, cuando cayó de la máquina en movimiento. Hace el
intento de hablar, pero lo interrumpen antes de que alcance a
expresar su odio.
“Imagínense,
si siguen así de incomprensivos, la empresa va a decidir retirar
su planta de San Isidro Las Banderas y entonces sí, más desempleo
y a vivir como jornaleros del campo… ¿cuánto dicen que les pagan?,
¿35?
“¿Para qué
quieren recibos de nómina?… es más, ni siquiera debería estar
escuchando lo que ustedes dicen. Ya son demasiadas exigencias y
está claro que desde que tienen Seguro es porque tienen
antigüedad, pero no les podemos dar ningún comprobante,
entiéndanlo, son reglas de la empresa”.
“¿¡Qué!?
¿Vacaciones? Miren, señores, con todo respeto al señor Delegado de
Gobierno aquí presente: ya estuvo suave de vaciladas…
“Señores, los
dejo, podemos seguir hablando otro día, pero como al principio les
advertí, esta reunión es meramente informativa, como para aclarar
sus dudas, pero no estoy facultado para modificar ninguno de los
puntos que ustedes piden”.
Como si fuera
el ruido de un motor que arranca, las voces se elevan. Hablan
atropelladamente, con la rabia contenida vibrándoles en la
garganta. Poco a poco se va imponiendo una voz, ésta es pausada,
pero no vacila. No admite las interrupciones de Cano; afirma
categórico que ahora los mineros tienen el apoyo de muchos hombres
del campo y la ciudad, que ya no están solos y no permitirán más
abusos y vejaciones y que es justo que a cambio de la riqueza que
está obteniendo Linear Gold, ellos vivan con dignidad.
Razona sobre el país, sobre la crisis y la inconformidad de sus
compañeros. El Gerente no tiene más remedio que escuchar de mala
gana. Mientras tanto, piensa en el posible desquite si vuelve a
tener a los mineros a su merced.
Ahora llueve a
cántaros. En la sala se siente el ambiente húmedo y las ventanas
están empañadas con el vaho de de tantas personas en la
pieza.
¡Ring!...
¿Sí…? ah…. no… ¿hoy?... está bien, yo me reporto más tarde.… Cano
se ha levantado, se nota más pálido, está impresionado con la
información que acaba de recibir. Interrumpe la reunión diciendo:
“Señores, ya me tengo qué ir porque me acaban de avisar que hubo
un accidente y el avión donde viajaba el secretario acaba de
estrellarse en la capital, otro día podemos seguir charlando sobre
el asunto. Con permisito…”. Así diciendo, Cano se levanta de la
reunión, aliviado de huir del cuestionamiento que ha agotado su
paciencia.
Afuera, dos
camionetas atestadas de mineros arrancan hacia Las Banderas. Vienen
sombríos, pensativos, violentos. Si no les quedara claro que el
ingenierito es sólo un sirviente de los canadienses, tomaría forma esa
obsesiva imagen de la camioneta de lujo internándose en el camino
oscuro y peligroso, pero la luz ha ido haciéndose en su conciencia y,
a pesar de la rabia que sienten, recuerdan, entre risas, la cara de
contrariedad e impotencia de Cano, que no pudo contestar los
argumentos de su representante y, entendiendo que la intervención del
delegado de gobierno no ha servido de gran cosa comienzan a preparar
la huelga en la planta.
Comentarios