LA TORTURA
Tania Zapata Ortega
Tratas en vano de respirar
profundamente, pero la adrenalina que corre hace rato por
tus venas lo impide. Tus manos se contraen como garras y tú
luchas por mantenerlas pegadas a tus costados. Transpiras,
tienes el rostro empapado de sudor y las luces, tan cercanas
a tus ojos, te ciegan. Desde el remanso de calma en que te
has refugiado, tratas de invocar por la fuerza los episodios
felices de tu vida y así escapar del dolor inminente, pero
escuchas la voz que te ordena permanecer inmóvil. Ahora te
cuesta trabajo respirar con la boca abierta y calculas aún
la posibilidad de huir, rompiendo las invisibles ataduras
que te obligan a permanecer ahí. Sigues echada boca arriba
porque cualquier cosa es preferible a las noches de insomnio
cuando aprietas las mandíbulas para no gritar de dolor
mientras todos duermen plácidamente.
Aspiras la sustancia que
impregna el algodón: clavo y alcohol, ni más ni menos que el
remedio casero que la vecina te ofreció ayer mismo y que
aceptaste con gratitud sumisa mientras bajabas la mirada
enrojecida por el tormento. Sientes el pinchazo que te ha
dejado sorda y observas las mil centellas atrás de tus
párpados cerrados con violencia, mientras tu cuerpo flota
entre el sillón de cuero y la nada de tus fuerzas
agotadas.
El zumbido amenazador que
ya conoces desde la infancia te dice que la fresa está junto
a tus mejillas. El olor del metal caliente incrementa la
angustia; en un instante más las astillas y el polvo del
hueso han comenzado a caer sobre tu lengua mientras escuchas
el ruido que produce una especie de popote al extraer los
líquidos que fluyen desde un rincón desconocido.
Observas que en el cuello
de tu atacante la edad ha dejado su marca: decenas de
verruguitas pardas forman una confusa red. Desde la cálida
luz blanca percibes su olor a colonia de cáscara de naranja
y levantas la mano derecha, en un gesto aprendido, a través
de los años, como una artimaña para ganarle tiempo al
sufrimiento.
Si tan sólo pudieras
levantarte y enfrentar las futuras compresas de hielo en la
seguridad de tu cuarto a obscuras, si decidieras ignorar el
absceso purulento que la edad ha formado en tu encía, si
pudieras seguir indefinidamente masticando con media boca el
resto de tu existencia, cederías un milímetro más al pánico
sobrecogedor que te embarga y te gastarías tus ahorros en
más chocolates en vez de pagarle a tu verdugo. Abres la boca
con resignación, mientras la mano enemiga introduce un
instrumento tras otro y taladra y aspira los fluidos.
El chasquido de la corona
fracturada te sorprende. Ahora el cruel oficiante ha
retrocedido y levanta el antebrazo a la altura de la
bombilla. El dolor ahora no está en tu cavidad bucal, se ha
situado en el más inexplorado rincón de tu cerebro. Las
raíces están intactas, aferrándose a la encía, la pinza ha
roto sólo el cascarón carcomido por el tiempo, en esas
noches interminables de cafeína y tabaco. Un bisturí corta
la carne y obliga a salir aquel raigón; escupes un líquido
sanguinolento en el pocillo de acero inoxidable que está
empotrado a un costado del asiento y te derrumbas de nuevo,
ya sin fuerzas, mientras pugnas por no soltar el llanto que
ya fluye desde la raíz de tu cabello en desorden.
La voz intenta tranquilizar
tu aterrado corazón mientras te indica con un instrumento
punzocortante los sitios donde la operación apremia. Te
incorporas, apoyándote en los codos, y alisas tu falda que
ha subido con impudicia sobre tus rodillas, mientras
escuchas la disertación sobre las piezas falsas de resina
amarillenta o porcelana resplandeciente según el precio que
estés dispuesta a pagar.
Con un par de pastillitas
en un frasco y una fina tarjeta en las manos, asomas, pálida
y desencajada, por la puerta del consultorio, desde donde te
esfuerzas para sonreír a la recepcionista que apunta en su
agenda tu próximo encuentro con el sacamuelas y atrae como
un imán los tres billetitos que poseías.
Observas horrorizada la
litografía que está detrás del escritorio y que representa
un hombre disputando un cuerpo desnudo a la muerte y sales
huyendo hacia la seguridad de la calle transitada, lejos del
horror necesario que has tenido que sufrir, una vez
más.
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