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LA PSYCOMACHIA DE PRUDENCIO

LA PSYCOMACHIA DE PRUDENCIO

Tania Zapata Ortega

Los poetas latinos del Siglo IV tratan conscientemente de hermanar la tradición clásica con la fe cristiana. Esta actitud, que antes ya se había manifestado como la apropiación de estilos y el rescate de las formas métricas arcaicas y aun de elementos mitológicos hasta lograr un sincretismo literario, se manifiesta en la obra del poeta de origen hispano Aurelio Prudencio Clemente (348 - 405), retórico y abogado que desempeñara puestos importantes en la administración provincial y en la corte romana y que hacia los cincuenta años decidiera consagrar su vida a la poesía y a la religión. Peristephanon es una colección de himnos dedicados a mártires cristianos españoles y constituye un monumento de la primitiva poesía latina cristiana, que iniciara con inscripciones en verso grabadas en los sepulcros y que Prudencio desarrolló en una poesía preciosista cuya novedad consiste en que, tratándose de una poesía culta, incluye tradiciones populares.

     La colección de himnos Cathemerinon reúne poemas dedicados a las diferentes horas del día, a solemnidades y circunstancias especiales en las que Prudencio se esfuerza por amoldar el pensamiento cristiano a las formas clásicas. En Dittochaeon describe y explica pinturas, mosaicos y escenas del Antiguo Testamento. De clara influencia virgiliana, Psychomachia no es superior a las obras anteriores, pero su valor literario reside en que este conjunto de poemas alegóricos forma un puente entre la poesía clásica y la medieval, de la que se convierte en modelo; en esta obra, las virtudes cristianas luchan contra los vicios paganos; esta humanización de abstracciones, la personificación de las virtudes cristianas hasta convertirlas en personajes simbólicos que combaten entre sí sobrevivirá a toda la Edad Media; ejemplo de ello es el fragmento de Psycomachia en el que la Paciencia combate contra la Ira hasta vencerla:

 

«He aquí que la humilde Paciencia, su rostro grave, se hallaba de pie y quieta en medio de las tropas y distintos tumultos; contemplaba con los ojos fijos las heridas y partes vitales atravesadas por los rígidos dardos y permanecía inactiva. Desde lejos, la soberbia Ira, fogosa, su boca espumeante, dirigiendo a ésta sus ojos sanguinos inyectados de hiel, la hostiga con su jabalina y su voz por no estar combatiendo e, incapaz de sufrir la espera, trata de alcanzarla con una pica, la reprende a gritos sacudiendo la híspida cresta del cimero de su casco. «Ahí tienes», dice, «libre espectadora de nuestro Marte, recibe este mortífero hierro en tu pecho despreocupado; y no te duelas, que estaría feo en ti gritar de dolor». Dice así y a sus improperios sigue una lanza de pino silbante proyectada a través de los blandos notos, que certera llega bajo el propio estómago y choca con golpe directo, pero rebota repelida por el duro obstáculo de la loriga… después que la guerrera bárbara, a causa de su rabia, había extenuado sus incontrolados brazos y había agotado su diestra inútil con vana nube de dardos, ya que los aéreos venablos habían caído tras débil vuelo y sus varas yacían rotas a causa de lanzamientos sin tino, se vuelve a la empuñadura la mano malvada y, poniendo todo su empeño en el golpe de su espada resplandeciente, se alza por encima
de su oreja derecha y, una vez equilibrada, golpea en medio
del cráneo. Mas el yelmo de bronce, moldeado con metal fundido, devuelve un sonido al ser golpeado, embota por su dureza la hoja de la espada haciéndola rebotar y su metal rebelde rompe además el acero que choca contra él, al tiempo que, sin saber lo que es dejar paso, recibe las vanas acometidas y resiste seguro los golpes. Cuando Ira vio los pedazos de su espada rota y que su sable había crujido saltando en amplio radio a pequeños cachitos, mientras la mano sujetaba ya la empuñadura sin el peso del hierro, sin saber lo que hace, arroja el desafortunado marfil, símbolo traidor de un honor vergonzante, abandona con desprecio su funesta evocación y, enfurecida, arde por lograr su propio exterminio. De los muchos dardos que había en vano desparramado, recoge uno del polvo del campo con intención perversa. Clava en tierra la madera pulida y, con la punta hacia arriba, se atraviesa a sí misma y traspasa su pulmón dejando una herida caliente. De pie a su lado dice Paciencia: «Hemos vencido a este Vicio soberbio con nuestra acostumbrada virtud: sin peligro alguno de sangre y de vida. Nuestra norma sigue esa forma de guerrear: aniquilar a las Furias, a toda la tropa del Mal y sus fuerzas rabiosas mediante la resistencia. La locura es enemiga de sí misma y sucumbe a su propia rabia, y la fogosa Ira muere bajo el efecto de sus propios dardos».

Publicado originalmente en el número 808 de la revista buzos de la noticia el 19 de febrero de 2018.

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