LA ODA CORAL. SIMÓNIDES DE CEOS
Simónides de Ceos
(556-467 a.C.) es una de las grandes figuras de la oda coral,
poesía escrita para ser cantada; vivió en varias cortes de
príncipes y tiranos ejerciendo la poesía como profesión y ganando
fama de sabio. Recogió en su obra una serie de tradiciones
literarias y de estilos diversos procedentes de los mundo jónico,
eólico y dórico, no en vano vivió en el paso del Siglo VI al V
a.C., cuando la cultura griega se organizaba unitariamente. Sus
símiles y metáforas son deslumbrantes, el encanto de sus versos
brota de la concisión, se concentra en pocas e intensas emociones.
En la lengua original, las asonancias, el pulso de los versos, la
alternancia de palabras largas y cortas se acercan a la moderna
composición poética, donde ocupan un lugar central el ritmo, la
rima y el metro. La preocupación ética domina en todos sus
fragmentos, como en éste, en el que recuerda que la juventud y la
salud son efímeras y que a ellas sucederán la vejez, la enfermedad
y la muerte.
SOBRE LA VIDA DEL
HOMBRE
Mientras la flor de
juventud se ostenta
en el varón, de
cualquier leve cosa
su espíritu ligero se
alimenta.
Por la esperanza, la
vejez rugosa
desprecia: ni se cura
de la muerte,
ni cuando goza de
salud hermosa
piensa en la
enfermedad aguda y fuerte.
Necio de aquel que así
se lo imagina;
pues ignora cuán
corta, y de qué suerte
será la edad de
juventud benigna,
y cuán breve es el
tiempo concedido
a la vida del hombre
que declina.
Simónides no es
un simple maestro de ética, sino un poeta de rara calidad;
su absoluto dominio del lenguaje y el manejo de la
reticencia más severa, del “freno bien sujeto”, le otorgan
un lugar destacado entre los líricos griegos.
SOBRE LA VIRTUD
Lo que entiendo diré
con confianza:
amo al que no hace
voluntariamente
maldades, y le alabo y
recomiendo,
que a la necesidad que
oprime urgente,
ni se resiste Dios,
según yo entiendo.
En su tiempo eran
recurrentes las inscripciones métricas en las tumbas; en ellas se
hacían constar el nombre del difunto, su familia, oficio y sus
principales obras. El poeta hace suya esta difícil forma y alcanza
en ella la perfección. En dos o cuatro versos inmortalizaba a sus
contemporáneos, aplicándoles el merecido elogio y el epíteto
exacto. Una parte de su obra celebra grandes acciones de guerra,
como las de Maratón y Salamina; muchos epitafios escribió
Simónides, y cada uno posee su encanto peculiar; el más célebre es
el dedicado a los espartanos de las Termópilas:
Forastero:
anuncia a los
lacedemonios
que aquí yacemos en
obediencia a sus mandatos.
Fue uno de los
primeros en dedicarse a los epinicios, o himnos triunfales. Las
victoriosas guerras contra los persas lo convirtieron en el cantor
oficial de la Hélade. Su oda a la batalla de las Termópilas es de
una impresionante dignidad y nobleza lapidaria.
De los que cayeron en
las Termópilas
gloriosa ha sido la
fortuna, envidiable el destino.
Un altar es su tumba;
por lamentos tienen recordaciones,
y en vez de compasión,
encomio.
Tal mortaja no ha
deshacerse en pesadumbre,
ni el tiempo
implacable podrá con ella.
Claro santuario de
belleza,
la gloria de la Hélade
es su custodio.
De sus trenos, o
cantos fúnebres se ha conservado un fragmento de los lamentos de
Dánae mientras flota en el mar tempestuoso, encerrada en un cofre
con su hijo recién nacido; poema de una emoción y una ternura
llenas de verdad y solemnidad, cuenta entre las obras maestras de
la emoción frenada.
Cuando dentro del arca
bien labrada
la arrastraban los
soplos del viento
y el agitado
oleaje,
se sintió sobrecogida
de terror, y con mejillas húmedas
se abrazó a Perseo y
le habló:
“¡Ah, hijo, qué
angustia tengo!
Pero tú dormitas,
duermes como niño de pecho,
dentro de este
incómodo cajón de madera de clavos de bronce
que destellan en la
noche,
Tumbado en medio de la
tiniebla azul oscuro.
No te inquietas por la
ola que lanza
por encima de tus
cabellos la espuma
marina ni del bramar
del viento, recostando
tu bella carita en mi
mantilla de púrpura.
Si para ti terrible
fuera lo que es terrible,
ya habrías prestado
oído ligero a mis palabras.
Pero te lo ruego,
duerme, niño mío.
Que duerma también el
alta mar, duerma la inmensa desgracia.
Ojalá se mostrara
algún cambio,
Zeus Padre, movido por
ti.
Y si con alguna
palabra atrevida
y al margen de lo
justo te invoco, ¡perdóname!”.
Simónides obtuvo
cincuenta y seis victorias en los certámenes poéticos. Precursor
de los sofistas en juzgar escépticamente el mundo y sus cosas,
Gotthold Ephraim Lessing, el gran poeta y crítico literario de la
ilustración, lo consideraba el Voltaire griego.
FUENTES: Francisco Montes de Oca. Literatura
universal y La literatura en sus fuentes. Martín de Riquer.
Historia de la literatura universal. Carlos H. de la
Peña. Antología de la literatura universal.
Publicado originalmente
en el número 775 de la revista buzos
de la noticia el 3 de julio de 2017.
Comentarios