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LA LITERATURA LATINA PREHELÉNICA

 

LA LITERATURA LATINA PREHELÉNICA

Tania Zapata Ortega

Es muy extendida la idea de que la literatura latina nació, con la perfección que ha llegado a nosotros, hasta después del triunfo de Roma sobre la Hélade; incluso historiadores muy acuciosos de la literatura universal menosprecian erróneamente las manifestaciones literarias previas a la conquista ideológica ejercida por los griegos sobre sus conquistadores; esta concepción simplista cae por tierra desde el primer acercamiento a esta esencial fuente de la cultura moderna, simplemente porque el desarrollo militar y comercial de una civilización como la que lograra dominar al mundo griego tenía que haber creado, necesariamente, manifestaciones complejas de la conciencia social como el arte y la literatura. La literatura clásica latina es producto de un largo desarrollo que comenzó antes de conocer la cultura griega.

     A pesar de la pérdida irremediable de numerosos monumentos de la literatura latina, que hoy nos permitirían conocer el alma de esta importante civilización, algunos testimonios han quedado de lo que fueran las manifestaciones poéticas durante los primeros cinco siglos de la historia de Roma, hasta antes del año 240 a.C.

     De aquella remota época hoy conocemos apenas algunos monumentos literarios de índole religiosa o profana: los primeros están contenidos en el Carmina Saliaria o Cantos de los salios, himnos que los sacerdotes de Marte entonaban con acompañamiento dancístico en las solemnes procesiones de marzo y octubre; estos sacerdotes estaban encargados de custodiar los doce escudos sagrados, uno de los cuales, según la leyenda, había caído del cielo. Un segundo texto, conocido como Carmen Fratrum Arvalium o Canto de los Arvales, es un antiquísimo himno descubierto en 1777, que la hermandad rural de ese nombre entonaba en las fiestas de la divinidad campestre Dea Dia (devenida Ceres) para asegurar una óptima cosecha; la versión que se encuentra en mejores condiciones está grabada en una plancha de mármol del año 218 d.C. que contiene las actas del colegio de los Arvales. Ambos himnos son de datación tan antigua que eran ya ininteligibles para los romanos de la época clásica.

     La literatura profana fue en esta época de contenido muy diverso: la poesía fescenina, lasciva y licenciosa, probablemente toma su nombre de Fescennium, localidad del sur de Etruria, donde floreció este género, que al parecer consistía en la representación dialogada, en versos saturnios (el metro tradicional romano más antiguo), de argumentos reales o ficticios; los campesinos se ataviaban con disfraces grotescos para decir versos cuya mordacidad provocó incluso su prohibición en la Ley de las doce tablas; este tipo de poesía sobrevivió como un número de diversión en las bodas hasta convertirse, mediante la fusión con la música y la danza mímica en la Satura, de Satur (ofrenda alimenticia con diversos ingredientes que incluye vino y miel), género de entretenimiento empleado hacia el año 364 a.C. con ocasión de una epidemia de peste que asolaba la ciudad de Roma.

     Todas las formas en que se manifestaba el alma poética del pueblo romano, himnos nupciales acompañados de flauta, cánticos fúnebres para exaltar las virtudes de personajes relevantes, canciones burlescas con que los soldados evocaban triunfos militares, canciones infantiles, de amor y de cuna; en fin, toda esta gama de la poesía popular lamentablemente se perdió y de ella solo tenemos noticia gracias a poetas latinos de la talla de Horacio y Virgilio… aunque tal vez estas canciones se hayan salvado, llegado a nosotros y las entonemos sin darnos cuenta de que asistimos a una supervivencia asombrosa de formas milenarias de la poesía gracias a su ancestral cómplice: la tradición oral.

 

Publicado originalmente en el número 788 de la revista buzos de la noticia el 18 de septiembre de 2017.

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