LA CONCATENACIÓN Y LA
ANÁFORA EN LA POESÍA CELTA
Tania Zapata
Ortega
La literatura celta,
perteneciente más que a un grupo racial a pueblos que desde la
antigüedad se establecieron en Irlanda, Escocia, Isla de Man,
Cornualles, Bretaña, Galicia, Asturias y algunas zonas del norte
de Italia, ha influido poderosamente en toda la poesía europea.
Artistas de todas las disciplinas, franceses, ingleses, alemanes,
irlandeses, escoceses y de otras nacionalidades han producido
obras maestras basadas en la mitología y el panteón celta. La
poesía heroica celta suele dividirse en tres ciclos: el de Ulster,
el de Ossián y el del rey Arturo. Los guardianes de la sabiduría
celta son el filidh, poeta mayor, custodio de la historia
y las tradiciones; el druidh, encargado de la magia y la
filosofía; y el bard poeta menor cuya función era
transmitir oralmente y preservar en la memoria del pueblo los
conocimientos de los dos primeros. Los manuscritos en los que
finalmente se preservaron estos tesoros culturales, vestigio de
pueblos que desaparecieron hace miles de años, fueron elaborados
por monjes cristianos durante la Edad Media (siglos VI, VII y
VIII); estudiosos de esta literatura han demostrado que provienen
de una cultura pagana, opuesta al cristianismo.
Arqueles Vela, en
su Literatura Universal dice: “La magia es una práctica
común a todos los grupos humanos en el estadio de lucha primitiva.
De la irreligiosidad, del demonismo desarrollado en los pueblos de
cazadores, se llega a la magia –que es una especie de demonismo
organizado– característica religiosa de los grupos sociales que en
su evolución económica pasan del nomadismo al seminomadismo, y
luego a la vida sedentaria”. Esta poesía primitiva, nacida como
una necesidad de los pueblos nómadas por explicar su mundo, carece
de rima y metro, pero recurre a trucos memorísticos como la
concatenación, es decir, se repite al principio de un
verso la última palabra del anterior. Ejemplo de esto es El
Canto de Aimirgín. Aimirgín era uno de los hijos de Mil,
nieto de Breogán, rey legendario del norte de España
(probablemente La Coruña). Mil y sus hijos acudieron a Irlanda
para vengar una muerte familiar, y después de innumerables
peripecias conquistaron todo el país. Hay quien ve en este mito
una parábola de la llegada de los celtas a la isla. Una de las
muchas dificultades que debieron superar fue una tempestad mágica
invocada por los Tuatha, seguidores de la diosa Dana. Aimirgín
entonó entonces este canto para apaciguar a los vientos.
Canto de
Aimirgín
Tradución de Ramón
Sainero
Yo invoco [ruego] a la
noble Irlanda,
el este de la gran
playa del fértil mar,
fértiles montañas
trepadas,
continuos bosques de
niebla,
niebla de las
cascadas,
cascadas de lagos en
la bahía
bahía del pozo de la
colina
pozo de tribus
unidas,
unión de reyes
Temair,
Temair colina de
tribus,
tribus de los hijos de
Mil.
Mil el de los grandes
barcos,
grande la sublime
Irlanda,
la muy pálida y grande
Irlanda,
un encantamiento de
gran audacia:
la gran audacia de las
mujeres de Breise,
de Breise, mujeres de
Buaigne;
fue ella su morada,
Irlanda,
tomada por ti,
Eremon,
Ir, Eber la
invocan.
Yo invoco la tierra de
Irlanda.
La poesía en su
concepción formal, sujeta a los cánones de metro y rima es muy
posterior a las primeras manifestaciones artísticas cuyo material
fuera la palabra. En la poesía celta, la rima se sustituye por el
ritmo y la aliteración; otro de los procedimientos que permitió
que esta antiquísima poesía llegara a nuestros días, facilitando
la memorización, es la anáfora, que Francisco Montes de
Oca, en su Teoría y Técnica de la literatura define como
una figura retórica de palabra que consiste en la repetición “de
una o varias palabras al principio de frases análogas, o al
comienzo de cada verso”, como en el siguiente poema en el que se
sienten palpitar la vida cotidiana, la historia, la cosmogonía y
las grandes luchas de los antiguos habitantes de Erin.
Yo soy el viento que
sopla sobre el mar.
Yo soy el oleaje del
océano;
yo soy el murmullo de
las corrientes;
yo soy el toro de los
siete combates;
yo soy el gavilán
sobre las rocas;
yo soy una lágrima del
sol;
yo soy la más bella de
las plantas;
yo soy el jabalí por
su bravura;
yo soy el salmón de
las aguas;
yo soy el lago de la
pradera;
yo soy la palabra de
la ciencia;
yo soy la punta de la
lanza que libra las batallas;
yo soy el dios que
crea en la cabeza el fuego del pensamiento.
Fuentes:
Literatura
Universal. Arqueles Vela. México 1951.
Teoría y Técnica
de la literatura. Francisco Montes de Oca. México
1998.
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