LA BÚSQUEDA

Tania Zapata Ortega

 

–Me voy a morir de tristeza si mi Trini no aparece, ya no puedo más,  la buscamos por todos lados, llamé a sus amiguitas, fui a la escuela y pregunté a todos sus compañeros y nada, nadie me dice dónde está.

Aunque amanece y el fresco de la mañana acaricia la piel, Socorro sigue llorando mientras habla. Ha llovido casi toda la noche y la calle estará llena de charcos lodosos… sortearlos para no ir al trabajo con zapatos de caliche es todo un deporte. Huele a tierra mojada y la colonia se pone, poco a poco, en movimiento. Alguien ofrece desayunos por medio de un altavoz.

–Ella es una niña muy seria, estudiosa y obediente, no puedo creer que se fuera sin avisar. Si alguien le hizo algo, no voy a descansar hasta vengarme, ¿por qué mi niña?, si le hicieron algo los mato… No, no tiene novio, ya lo habíamos platicado, y quedamos que hasta que cumpliese los 15. Sí, hay un muchacho que la estuvo molestando; uno de la ruta de las combis, pero yo hablé con él y le dije: “¡mira chamaco, o dejas en paz a mi niña o le voy a decir a su papá para que te chingue, ya sabes que él no se anda con pendejadas!”.

Hace dos semanas que está lloviendo a torrentes. Sólo una calle ha quedado transitable y por ella desciende ahora la combi. Viene, como es costumbre, haciendo bulla con el claxon. El operador tiene la esperanza de que los pasajeros aceleren su paso y aborden la unidad. Está flojo el día, dicen todos los choferes refiriéndose a que hoy la gente no sale temprano de sus casas, porque es domingo. Socorro alcanza a la carrera el vehículo y se coloca junto a la ventanilla del chofer. Pregunta, suplica, gesticula.

–Hoy no se presentó a trabajar ese chamaco de las combis y los conductores no me quieren decir dónde vive. Yo le compré un celular a mi hija para estar comunicadas, le estuve llamando, primero sólo no contestaba, pero ahora lo apagaron, ¿qué tal si me la tienen secuestrada y no la dejan avisarme? No sabe lo que estoy viviendo, no se lo deseo a nadie; y lo peor es que mi marido se fue de partida  y regresa hasta la otra semana; yo no tengo valor para decirle por teléfono lo que está pasando… no sé qué voy a hacer, me voy a ir muy lejos de aquí, no voy a soportar estar sin mi niña.

Socorro no ha dormido, está despeinada, tiene los ojos enrojecidos y huele a alcohol. Se tapa el rostro con ambas manos y se mesa los cabellos. Un deslavado pantalón de mezclilla enmarca el magro cuerpecito. Aferra convulsamente su fantástico bolso rojo en el que miles de estrellas doradas resplandecen cuando reflejan la luz.

–Ayúdeme, por favor, acompáñeme a poner una denuncia para que la busquen, ayer no me hicieron caso, dijeron que tienen que esperar 48 horas y que si no aparece entonces me prestan las patrullas para buscarla, pero yo no puedo esperar más, eso sí, cuando encuentre al que se la llevó me las va a pagar, es una niña, está sola, Dios sabe si le pasó algo, me quiero morir.

“Oiga, no le haga usted mucho caso a la loca de la Socorro, de seguro la hija ya se escapó con ese chamaco de la 35-15, era natural, su mamá todo el tiempo les grita y les pega, así que la muchacha se fue con el primer baboso que encontró”, dice la gorda de la tienda, mientras embolsa azúcar en pequeños paquetes “de a Kilo”.

La niña más pequeña no se separa de Socorro, no está claro cuál de las dos requiere más protección; ésta confesó a la madre que el día de la desaparición de la Trini llegaron juntas de la escuela, se cambiaron el uniforme y la fugitiva salió por huevos a la tienda, abrazó al perro antes de salir, comenzó a llorar inexplicablemente y no volvió más.

Maestra, le aviso que estoy bien, por favor, dígale a mi mamá que le llamé, ayúdeme, convénzala de que ya no se preocupe, ¿está muy enojada todavía?... bueno, le hablo después. No le puedo decir en dónde estoy, pero en cuanto pueda vamos a reportarnos, dígale que ya no llore y que la quiero.

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