KUMĀRASAMBHAVA, DE KĀLIDĀSA

El nacimiento del dios de la Guerra en la literatura

Kumārasambhava o El nacimiento de Kumāra es un poema épico-lírico de Kālidāsa, el más famoso autor de la literatura clásica india, cuya época de actividad se fecha alrededor del año 400 d.C. A lo largo de sus ocho cantos van desfilando los sucesos que conducen a la unión de Śiva y Pārvatī, dos de las más importantes deidades del panteón hindú; el fruto de esta unión habrá de ser Kumāra, el futuro dios de la guerra, que logrará derrocar la tiranía del demonio Tāraka. La descripción del Himālaya y de su hija Pārvatī (canto I) dan paso a la asamblea de los dioses, que acuden a Brahmā apesadumbrados por el dominio del malvado demonio (Canto II), la quema del dios del Amor por haber perturbado la profunda ascesis de Śiva (Canto III), el lamento de Rati, la esposa de Kāma (Canto IV), el severo ascetismo de Pārvatī, que consigue ablandar el espíritu de Śiva (Canto V), la petición de mano (Canto VI), la ceremonia nupcial entre ambos dioses, celebrada en la capital del Himālaya (VII), y finalmente, el goce de los placeres sensuales a que se entregan los recién casados, que contemplan la puesta de Sol y la llegada de la noche (Canto VIII). Con el elaborado estilo de la poesía kāvya, en el que la ornamentación y el virtuosismo formal predominan sobre el hilo conductor de la narración, Kālidāsa despliega su arte descriptivo a lo largo de 614 estrofas que reflejan los más variados aspectos de la vida y la cultura de la India clásica: teología, naturaleza, mortificación ascética, erotismo... pero la verdadera protagonista del relato es la joven diosa Pārvatī, la hija de la Montaña, la diosa Madre que personifica la tierra y la fertilidad; el poeta refleja en ella toda la ternura y profundidad del alma femenina, en un retrato similar al de Śakuntalā.*

*José Virgilio García Trabazo, traductor del Kumārasambhava.

 

Aquí se describe físicamente a Pārvatī, futura esposa de Śiva, el dios de la guerra, nótese el paralelismo con los dioses Venus y Marte, del panteón griego.

 

Amada por la familia, sus parientes la llamaron por el nombre de Pārvatī, en honor a su origen (de la montaña). Más tarde, la de bello rostro recibió el apelativo de Umā, porque su madre le impedía la ascesis (1) diciendo “¡oh, no!” (u mā).

A pesar de tener ya hijos varones (2) el soberano de las montañas, su mirada no se saciaba nunca de posarse sobre aquella criatura, aunque la primavera despliega infinidad de flores, el enjambre de abejas prefiere posarse en la flor del mango.

Por ella fue él purificado y ornado, como una lámpara por una llama de esplendoroso brillo, como el camino del cielo por el que fluye en tres corrientes, como un sabio por el hablar gramaticalmente correcto.

Como degustando la infancia, cuya salsa es el juego, Pārvatī jugó muchas veces en compañía de sus amigas con altares sacrificiales hechos de arena del Mandākinī (3), con pelotas y con muñecas.

Como las bandadas de gansos llegan en otoño al Ganges y su brillo interior a las hierbas medicinales cuando anochece, hacia la hora de su instrucción, accedieron a ella los conocimientos de su nacimiento anterior, al estar su formación ya bien fundada (4).

Como una pintura es despertada por el pincel, como un loto es abierto por los rayos del sol, así la frescura de la juventud desplegó en su cuerpo el esplendor de la armonía de sus miembros (5).

Con los brillos de las abombadas uñas de los pulgares, sus pies, como si al pisar escupieran su rojo tinte, ofrecían a la tierra el esplendor inconstante de las rojas flores de loto del campo.

Ella, de cuerpo inclinado, fue adiestrada por los gansos reales en la elegancia su paso de juguetones contoneos; y ellos, deseosos a su vez de un aprendizaje a cambio, se mostraban ávidos del tintineo de los aros de sus tobillos.

Cuando hubo modelado sus hermosas piernas, de regular redondez y no demasiado largas, debió el Creador esforzarse, por así decir, para producir más encanto a la hora de formar el resto de los miembros.

De la comparación con sus muslos quedan excluidas las trompas de los Indras de los elefantes –por la aspereza de su piel– y los más extensos troncos de banano –por ser necesariamente fríos–, a pesar de tener en el mundo la más perfecta forma redondeada.

Las caderas de la irreprochable eran de inmensa belleza, como se puede adivinar por haberlas tenido después el habitante de las montañas sobre su seno que no puede ser deseado por ninguna otra mujer.

La tierna hilera de bello joven que, surgida del paño que rodea las caderas, se prolongaba hasta la abertura de su profundo ombligo, brillaba como un rayo surgido de la joya oscura engarzada en medio de su cinturón. En el centro de su cuerpo mostraba aquella joven, de talle esbelto como una terraza de sacrificios, tres preciosos pliegues, como una escalera preparada para la nueva juventud para que suba el amor (6).

La blanca pareja de senos de la de ojos de loto, presionándose mutuamente, era de una turgencia tal que, en medio de ambos, dotados de oscuros pezones, no habría espacio ni para la fibra de una raíz de loto.

Supongo que sus brazos, puesto que han sido destinados por el ya vencido Makaradhvaja (7) como lazo para el cuello de Hara (8), eran más tiernos que una guirnalda de flores de Śirīśa.

Su par de manos con encantadoras uñas ha hecho inútil la aparición de los pétalos del avergonzado aśoka, como el brillo del cielo cuando en él se refleja la Luna recién salida al comienzo de la noche.

Su cuello, que oscilaba encantador sobre sus senos, y el collar de perlas que lo rodeaba, al brindarse belleza el uno al otro, poseían al mismo tiempo las propiedades del adorno y de lo adornado.

Cuando la inconstante belleza está con la Luna no goza de los encantos del loto, ni cuando se detiene en el loto disfruta del brillo lunar; más al entrar en el rostro de Umā obtuvo la delicia que se encuentra en ambos.

Una flor que se hallara situada sobre una rama joven (roja), o bien una perla fijada en un coral inmaculado podrían imitar el brillo de su esplendente sonrisa al difundirse por sus labios rojos.

Cuando ella tomaba la palabra con su elegante voz, en un tono semejante al fluir de la ambrosía, incluso el sonido de la hembra del cuco sonaba estridente para quien lo escuchara, como al pulsarse una cuerda desafinada.

Esa mirada inquieta de la de grandes ojos, que en nada se diferencia de un loto azul agitado por el viento, ¿se la ha quitado a las gacelas o son las gacelas quienes se la han quitado a ella?

Aquel fulgor de sus cejas arqueadas líneas, retocadas con ungüento por medio de un bastoncillo: cuando observó el sin cuerpo su juguetón encanto, abandonó el orgullo por la belleza de su arco.

Si en el espíritu de los animales hubiera vergüenza, entonces las hembras de yak, al percibirse de la suntuosidad de los cabellos de la hija del Rey de las Montañas, abandonarían la fascinación que sienten por el pelo de sus colas.

Ella fue formada por el Creador del Todo, con esfuerzo, mediante la recopilación de todas las cosas adecuadas para un símil, y ordenándolas luego según lo prescrito, como si quisiera ver toda la belleza puesta en un mismo lugar.

Se cuenta que Nārada, el que vagabundea a voluntad, tras ver una vez a la muchacha junto a su padre, la determinó como futura y única esposa de Hara, y quien habría de ser en el amor la mitad de su cuerpo.

 

1. Ascesis: meditación yoga.

2. En la India antigua era normal preferir a los hijos varones.

3.- El Mandakini es el Ganges celeste o bien una de las corrientes del Alto Ganges, según el Mahābhārata.

4. Recordaba los conocimientos adquiridos en su existencia previa.

5. En las siguientes estrofas, Kālidāsa describe la belleza corporal de Pārvatī siguiendo el canon indio para las divinidades, comenzando por los dedos de los pies hasta llegar al cabello; la belleza de los seres humanos debía describirse al revés, es decir, iniciando por los cabellos.

6. Los pliegues o arrugas en el talle femenino siguen el canon indio de belleza que también se refleja en la escultura.

7. Makaradhvaja: epíteto del dios del Amor: el que lleva el monstruo marino en su estandarte.

8. Epíteto de Śiva, el depredador, el destructor del dios del Amor, según el panteón politeísta de la India.

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