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HERO Y LEANDRO: LA GRANDEZA GRIEGA QUE SE RESISTE A MORIR

HERO Y LEANDRO: LA GRANDEZA GRIEGA QUE SE RESISTE A MORIR

Tania Zapata Ortega

En el Siglo V, Museo legó a la literatura universal el idilio épico o epilio titulado Hero y Leandro, primera obra centrada totalmente en la trágica historia de amor entre dos jóvenes; el poema, tal como ha llegado a nosotros, consta de 343 hexámetros y tiene una asimétrica estructura tripartita en la que se enfatiza el desenlace, con una realista descripción de la última hazaña natatoria de Leandro en el Helesponto, camino de su muerte, y del suicidio de Hero sobre el cuerpo de su amante.

     Existen dudas en torno a si Museo es el nombre real del autor, pero es indudable que su obra ejerció tal fascinación en toda la poesía posterior, que poetas de la talla de Quevedo, Garcilaso, Góngora y Gutierre de Cetina retomarían el universal tópico del amor que desemboca en la muerte. Esta popularidad explica los errores y contaminaciones de todo tipo de que está plagada la versión que conocemos, tal vez el primer texto “pagano” que se imprimió.

     Todo parece indicar que el argumento proviene de una antigua leyenda, probablemente surgida en el Siglo III a.C., luego de la construcción del Faro de Sesto, posterior al de Alejandría; pero el folclor sólo es la materia primordial con la que Museo, heredero de una fecunda tradición que se remonta a Homero, reescribe en su totalidad la historia creando, en las postrimerías de la antigüedad, esa extraña, y novedosa mezcla de altiva grandeza y salvaje ternura que es Hero y Leandro, combinación perfecta entre mitología y realidad sentida, entre la tradición de la poesía épica imperial y la originalidad.

     El comienzo in medias res y el final ex abrupto corresponden a la intención de “narración total” de la épica mayor. El proemio abarca unos cuantos versos y está considerado uno de los más perfectos de la poesía griega; responde al ideal del modus narrandi helénico: brevedad y economía narrativa, claridad expositiva y manejo preciso del léxico; desde el comienzo de la obra el lector se entera del fatal desenlace.

 

Frente a frente, Sesto y Abido se asomaban al mar: son ciudades vecinas; y Eros, con su arco distendido, a las dos ciudades les lanzó una sola flecha e inflamó a un doncel y a una doncella. Por nombres tenían el seductor Leandro y la doncella Hero. Ella en Sesto habitaba y él en el alcázar de Abido, de ambas ciudades luceros bellísimos ambos, el uno al otro parecidos.

…

Mas poco tempo de vida les quedaba y no por mucho disfrutaron de unos insomnes himeneos que tantas idas y venidas provocaron.

 

     Entre otros recursos estilísticos, Museo recurre especialmente a la narración escénica y al quiasmo, o paralelismo: Hubo boda, pero sin bailes. Hubo lecho, pero sin himnos.

     Común es también la écfrasis, como cuando describe la belleza de Hero:

 

Gracias sin cuento fluían de sus miembros. Que mentira es de gentes de antaño aquéllo de que tres son las Gracias habidas. Un solo ojo de Hero riente en Gracias a ciento abundaba. ¡Bien supo hallar Cipris sacerdotisa que las mereciera!

 

     Además de la constante alteración de la sintaxis o hipérbaton, varios grupos de metáforas concurren para hacer de Hero y Leandro una obra de gran complejidad técnica; destacan las metáforas ígneas; las que retoman el viejo tópico del amor como un “doloroso mal”; las metáforas náuticas, tan frecuentes en la poesía erótica; y las que retoman el simbolismo del candil, la lámpara o la antorcha alumbrando la oscuridad. 

 

Así ellos convinieron en unirse en furtivo matrimonio y comprometiéronse a guardar su amor en la noche y el recado de unos himeneos en presencia del candil: a tender la luz ella, a cruzar las olas él.

…

Doncella, por tu amor hasta la mar brava he de atravesar, aunque en fuego hierva y sus aguas no se puedan navegar. No temo el duro temporal si es tu lecho mi lugar de arribada, no me asusta el estruendoso bramido de la mar. Mas siempre con la noche, como esposo que se deja llevar por las olas, a nado surcaré el Helesponto de fuertes corrientes: que no lejos, frente a tu ciudad, me queda el alcázar de Abido. Con un solo candil alúmbrame desde tu escarpada torre, mi horizonte en la oscuridad, para que lo vea y sea yo bajel de Eros…

 

     Eros, ese dios convencional de la helenística imaginería, capaz de insuflar con una sola flecha el fuego del amor en dos hermosos jóvenes… Museo no escapa a la fascinación que sus contemporáneos sintieron por la grandeza del pasado, pero ya no se conforma con repetir los gastados modelos. La llegada del cristianismo pronto movería el foco hacia otra escala de valores y nuevas imágenes de lo divino; los antiguos dioses eran ahora diablos, las viejas leyendas no merecían sino censura y todo arte verdadero “debía” ponerse al servicio de la Iglesia.

     Hero y Leandro posee tanto valor estético y literario, que ubica a su autor entre los grandes poetas de todas las épocas y es una prueba de que las viejas tradiciones no habían muerto completamente; extensa es la polémica en torno a si Museo es un poeta de clara inspiración pagana o si la historia esconde una alegoría neoplatónica y cristiana de los estados del alma humana; siempre será una posibilidad interpretativa, pero ante la falta de pruebas de lo anterior, puede afirmarse que Hero y Leandro es fruto de una erudición literaria, de un conocimiento profundo de la tradición poética y los mitos, un último resplandor que alumbra con su majestuoso paganismo la oscura noche de la Historia, que ya se aproxima.

 

Publicado originalmente en el número 783 de la revista buzos de la noticia el 28 de agosto de 2017.

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