HASTA EL JUICIO FINAL

Tania Zapata Ortega

Un entumecimiento mayor que el acostumbrado entorpece las manos del obeso agente del ministerio público en Tonalá, mientras consigna el acta. Frente a él, jugando con el gastado sombrero, un hombre de aspecto cansado va contestando sus preguntas a media voz. Como el calambre aumenta, el oficial mira con suspicacia al denunciante y piensa en la posibilidad de que Dios no quiera que tome por bueno lo que está redactando; puede ser una señal para proteger al padrecito de la acusación que se presenta; así que detiene un momento la tarea y observa las líneas en la pantalla para cambiar lo necesario; se concentra en el recuerdo de la iglesia frente al parque del pueblo, en los escalones recién barridos, en la imagen del Santísimo.

–Bueno, Don Manuel, aquí usted dice que mandó al niño a entregar quesillo al entronque, que le puso las piezas en una caja de cartón y que lo mandó solito a las cinco de la mañana. Usted declara que hasta las diez le vinieron a avisar que se había accidentado y que no vio lo que le pasó al muchacho, que no hay ningún testigo de lo que denuncia y que no tiene pruebas de que el señor sacerdote viniera manejando el carro que atropelló a su hijo. Dice que en el lugar del percance encontraron un coche abandonado, pero que no se sabe a quién pertenece. Entonces no entiendo por qué afirma que el cura tiene que pagarle los gastos… bueno, de todos modos firme aquí, aunque ya pasaron varios días, vamos a investigar quién es el responsable del accidente para que pague los daños, usted no se preocupe.

De regreso, sumido en honda cavilación, Manuel pasa, sin darse cuenta, por las vías del extinto ferrocarril panamericano; con un movimiento maquinal extiende el brazo y arranca una larga hoja de zacate estrella, tan abundante en los potreros de la zona. Camina sin descanso durante varias horas hasta llegar al entronque. Ahí prometió esperarle su sobrino con el carro de fletes que ahora maneja. Piensa en los animales que tuvo que malbaratar para pagar a los doctores, en su hijo que aún no puede caminar bien y que recién salió del coma posterior al incidente. Mira con resentimiento las alambradas al borde del camino; los terrenos adyacentes pertenecen a gente que él conoce bien.

El día que el Cura arrolló a Luis, varios de los vecinos, que a esa hora venían de la ordeña, vieron lo sucedido y se acercaron; prestaron auxilio al niño y ayudaron a huir al sacerdote, a quien protegieron durante varios días hasta que éste se fue del lugar. Después todos se negaron a atestiguar y algunos hasta trataron de convencerlo de resignarse; “es un sacerdote, Manuel, no lo demandes, además siempre se portó bien con todos”.

Manuel enfoca su ira contra la nariz gorda y enrojecida del cura y recuerda su voz estropajosa cuya pronunciación defectuosa de la letra erre producía una impresión de descuido. Piensa en su mirada vidriosa y concluye que no iba en sus cabales cuando arrastró veinte metros al pequeño sobre la terracería.

En vano acudió a la parroquia a buscarlo. Cuando trató de localizar a alguno de sus superiores, siempre le dijeron que no estaban en la ciudad. En fin, que los gastos médicos consumieron su escaso patrimonio antes de obtener alguna respuesta de la autoridad. Todo lo pagó de su bolsillo, porque el padrecito encontró la forma de no pagar su deuda en este mundo… siempre y cuando a Manuel se le olvide poco a poco el coraje que ahora siente.

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