EL RAJATARANGINI, DE KALHANA
Hacia 1148,
el poeta Kalhana, brahmán de Cachemira, escribe El
Rajatarangini (“El torrente de los reyes”), poema histórico
lleno de mitos y leyendas, de elementos tradicionales y
fantásticos mezclados con hechos reales, observaciones críticas
sobre la conducta de soberanos y gobernantes, genealogías y datos
francamente eruditos. Este extenso poema escrito en sánscrito y
que consta de casi ocho mil versos repartidos en ocho libros o
secciones, característico dentro del concepto indio de la
historia, es a la vez una epopeya y un documento de gran valor
sobre el pasado. Nacido en el seno de una familia cercana a la
corte, veía en el hecho de no verse envuelto en el torrente de la
política como una condición propicia para su tarea de
poeta-historiador, como refleja esta afirmación suya: “sólo merece
alabanza aquel poeta de noble estirpe cuya palabra, como la
sentencia de un juez, se mantiene libre de amor u odio al dejar
constancia del pasado” (Rajatarangini, Libro primero,
traducción del sánscrito por el arqueólogo húngaro Marc Aurel
Stein, en el año 1900).
En cuanto a
los acontecimientos del pasado, la búsqueda de material de Kalhana
fue verdaderamente meticulosa. Profundizó en obras fundamentales
como las epopeyas nacionales y utilizó con admirable familiaridad
crónicas reales y obras posteriores sobre Cachemira. Demostró una
pericia técnica sorprendentemente avanzada para la época en su
interés por las fuentes no convencionales. Consultó diversas
fuentes epigráficas relacionadas con elogios reales, construcción
de templos y concesiones de tierras; estudió monedas, restos
monumentales, registros familiares y tradiciones locales. Pero su
marco conceptual tradicional, que se basa en suposiciones
acríticas y en la creencia en el papel del poeta como exponente de
máximas morales, hace que el contenido idealizador de su
narrativa, sobre todo en el periodo inicial, sea bastante
dominante (Enciclopedia Británica, en Internet).
El
Rajatarangini relata con detalle una serie de
acontecimientos, principalmente políticos, ocurridos durante estos
regímenes, así como las políticas, acciones y luchas de los
sucesivos gobernantes y cortesanos. No se limita a describirlos;
busca explorar sus causas generales e individuales y ofrecer
diversas explicaciones históricas plausibles. Al hacerlo, Kalhana
afirma, como hemos visto, mantener una evaluación objetiva.
Contrariamente
a su declarada imparcialidad, el estilo de Kalhana revela una
profunda implicación personal al narrar las buenas o malas
acciones de los reyes y reinas de Cachemira. El
Rajatarangini es una obra sumamente moralizante que
constantemente juzga los acontecimientos y acciones que describe.
Esto se manifiesta en elogios y adulación a la rectitud, y en
denuncia y desprecio a la maldad, esta última expresada incluso en
términos obscenos o escatológicos en algunos pasajes, algo muy
inusual en la poesía sánscrita. La defensa de la ética fue, sin
duda, un elemento fundamental de la agenda textual e histórica del
Rajatarangini. Del que hoy presentamos el relato mítico
del reinado de Tunjina I y su esposa, la reina Vakpusta, contenido
en el Libro Segundo y en donde el poeta establece los deberes y
obligaciones de un gobernante para con su pueblo.
LIBRO
II
Luego,
Tunjina gobernó la tierra y deleitó al pueblo junto con la
reina Vakpusta, quien poseía dones divinos. Esta pareja
adornó la tierra tal como el Ganges y la Luna creciente
adornan el moño de Shiva. Estos dos mantuvieron la tierra,
la cual se embellecía por sus diversas castas, al igual que
el relámpago y la nube mantienen el arcoíris, el cual se
embellece por sus diversos colores.
Estos dos
muy dichosos gobernantes construyeron el templo de Shiva
llamado Tungeshvara, un elegante adorno de la tierra, así
como la ciudad llamada Katika.
En cierto
lugar de Madavarajya, el cual es calentado por un Sol ardiente,
los árboles recién plantados dieron frutos gracias a su poder
sobrenatural.
En aquel
tiempo vivía el gran Kavi Candaka, quien era descendiente (o
encarnación) del Muni Dvaipāyana (Vyāsa), y quien compuso una obra
digna de la atención de todo el pueblo.
Como si se
tratara de poner a prueba la grandeza del poder espiritual de
estos dos, por voluntad de los dioses surgió una vez una calamidad
de lo más penosa para el pueblo. En el mes de Bhādrapada, cuando
los campos de la tierra estaban cubiertos por la cosecha de arroz
otoñal que apenas estaba madurando, cayó inesperadamente una
fuerte nevada.
Bajo esta
nieve, que se asemejaba por su blancura a la siniestra risa de la
Muerte empeñada en la destrucción de todos los seres, se hundieron
y perecieron las cosechas de arroz, junto con la esperanza de
existencia del pueblo.
Luego vino
una terrible hambruna, que se asemejaba a una especie de
infierno, con las masas de personas hambrientas moviéndose
como fantasmas. Atormentados por el hambre, cada uno pensaba
sólo en su vientre, y olvidó en su miseria el amor por su
esposa, el afecto por sus hijos y la tierna consideración
hacia sus padres.
Inspirados
por el deseo egoísta de comida y golpeados por la siniestra
mirada de la desgracia, en el dolor del hambre la gente
olvidó la vergüenza, el orgullo y el buen linaje. El padre
abandonaba a su hijo demacrado y moribundo a pesar de sus
súplicas, o el hijo a su padre, para asegurar su propio
sustento.
Los hombres
preservaron su egoísmo en sus repugnantes cuerpos, que eran meros
tendones y huesos, y luchaban como fantasmas por su comida.
Pronunciando palabras groseras, demacrada por el hambre, terrible
a la vista y rodando los ojos en todas direcciones, cada persona
se esforzaba por separado para mantenerse con vida a costa de los
demás seres vivos.
En aquella
grande y terrible aflicción, que era casi insoportable para los
hombres, nadie más que aquel gobernante mostró una devoción
compasiva. Entonces, cuando hubo agotado sus riquezas y vio la
tierra desprovista de alimento, habló así una noche a la reina en
medio de su dolor:
«Sin duda,
una calamidad semejante, que no admite remedio, debe haber
caído sobre este pueblo inocente por alguna culpa nuestra.
¡Vergüenza de mi desamparo! Que ante mis ojos este pueblo,
atormentado por el dolor y sin hallar refugio en la Tierra,
deba perecer cuando debería ser rescatado. ¿Por qué habría
de vivir yo si en esta calamidad no puedo salvar a estos
súbditos que no tienen refugio y que abandonan mutuamente a
sus parientes?
«Con grandes
esfuerzos he ayudado de algún modo a todos a superar estos días, y
ni una sola persona ha perecido aún. Esta tierra, cuyos recursos
han sido superados, se ha agotado ahora bajo la aflicción de los
malos tiempos y ya no tiene valor alguno.
«¿Qué medios
podrían entonces preservar ahora a este pueblo, que se hunde por
todos lados en el cruel mar de la angustia? En tinieblas está
ahora este mundo, con el Sol envuelto por densas nubes, y
cubierto, por así decirlo, por todos lados por la densa noche de
la destrucción final.
«Mientras
las rutas por las montañas están cerradas por impenetrables
ventisqueros, la gente está desamparada como aves cuando se cierra
la entrada de su nido. Mira, los hombres de valor, sensatez y
sabiduría han perdido su capacidad debido a la miseria de estos
tiempos.
«¿Qué
regiones sobre la superficie de la tierra no están cubiertas
de abundantes capullos de flores doradas? ¿Qué país no está
adornado con personas dignas de ser servidas, que esparcen a
su alrededor el néctar de la benevolencia? ¿Qué hombres
notables, que se han distinguido por su largo servicio, no
encuentran los caminos abiertos para su progreso? Sólo
aquellos a quienes el destino ha engañado se ocultan en esta
tierra con sus buenas cualidades
«Por lo
tanto, ya que la ayuda se ha desvanecido, ofrezco mi cuerpo
a las llamas. No soy capaz de contemplar semejante
destrucción de mi súbdito.
«Dichosos
aquellos gobernantes que duermen por la noche en felicidad,
habiendo visto antes a sus ciudadanos en comodidad por doquier,
como si fueran sus propios hijos».
Después de
estas palabras, el rey, abrumado por la compasión, se cubrió la
cabeza con su ropaje y, dejándose caer sobre su lecho, lloró en
silencio.
Entonces la
reina habló así al señor de la tierra, mientras las luces,
resguardadas del viento e inmóviles, se alzaban y parecían
contemplarla con ávida atención:
«Oh, rey,
¿qué perversidad de pensamiento es esta, provocada por los
malos actos de tus súbditos, para que tú, como una persona
común, intentes voluntariamente lo que no conviene a los
valientes?
«Oh,
protector de la tierra, si los grandes no tuvieran el poder
de eliminar las dificultades que parecen insuperables, ¿cuál
sería la marca de su grandeza?
«¿Cómo
podrían Indra, Brahman o el débil Yama oponerse a los
mandatos de los reyes que fielmente cumplen con su
deber?
«La devoción
a sus esposos es el deber de las esposas; la fidelidad es el
deber de los ministros; el deber de los reyes es no tener
otro objetivo más que la protección de sus súbditos.
«¡Levántate,
oh, el principal entre los devotos! ¿Acaso mi palabra falla alguna
vez? Oh, protector del pueblo, verdaderamente tu pueblo ya no está
en peligro por el hambre».
Cuando ella
hubo hablado así con fervor, con sus pensamientos dirigidos a los
dioses, cayó sobre cada casa una bandada de palomas
muertas.
Cuando, por
la mañana, el rey vio este prodigio, abandonó su deseo de
buscar la muerte, y el pueblo vivió de las palomas que les
llegaban diariamente.
Seguramente
éstas no eran palomas reales, sino alguna otra sustancia que
aquella santa dama produjo para mantener vivo al pueblo.
Aquellos
que, como ella, están sinceramente imbuidos de compasión por
todas las criaturas vivientes, no podrían, en verdad, ver su
piadosa conducta manchada de ninguna manera por la
destrucción de la vida.
Gradualmente,
el cielo se volvió tan brillante como las acciones de la reina, y
la hambruna desapareció junto con el dolor del rey.
Aquella
piadosa e inocente reina estableció para los brahmanes el Agrahara
de Katlmusa, eminente por su riqueza y prosperidad, y el de
Edrmisa.
Cuando su
esposo murió después de un reinado de treinta y seis años, ella se
liberó de la fiebre causada por la separación en las llamas de la
pira, las cuales, para ella, fueron como un lecho de fibras de
loto.
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