La poesía del antiguo
Japón
Tania Zapata
Ortega
El
Kojiki, o Registro de cosas antiguas, recoge
leyendas japonesas de antiquísima factura, que transmitidas
oralmente permiten conocer su mitología, inspirada en el
sintoísmo; los dioses están indisolublemente ligados a la
naturaleza; la compilación de estos relatos fue efectuada por Oo
no Yasumaro hacia 712, a partir del conocimiento ancestral de la
recitadora kataribe Hieda no Are, que había memorizado todas las
leyendas, canciones, linajes japoneses, etc.; la obra no sólo tuvo
un propósito cultural, preservar la historia del Japón; desde un
principio estuvo destinada a afianzar ideológicamente la figura
del emperador Tenmu, quien ordenó su redacción para justificar su
“linaje celestial”; El Kojiki nació, pues, como un
elemento necesario para la construcción de un sólido
imperio.
La primera parte,
Kamitsumaki o “trozo superior”, describe la “era de los
dioses”, y la creación del mundo y es la que posee mayor
importancia para quien pretenda entender la cultura y cosmogonía
de esta importante civilización asiática; la segunda parte,
Nakatsumaki o “trozo medio”, corresponde a la “era de los
héroes” y la tercera, Shimotsumaki o “trozo bajo”, a la
“era de los hombres”. Del nacimiento del Dai-Nippon,
dice:
En el comienzo eran
los dioses. Nacieron machos y hembras y murieron hasta que
al fin dos de ellos, Izanagi e Izanami, el hermano y la
hermana, recibieron de los dioses más antiguos la orden de
crear el Japón. Ellos se tendieron sobre el arco del puente
movedizo de los cielos, lanzaron al océano un venablo de
piedras preciosas y lo retiraron: las gotas que cayeron se
convirtieron en las islas sagradas.
Después de crear
el archipiélago, ambos hermanos realizan un rito de
procreación, pero fallan el primer intento al tomar la
iniciativa Izanami (deidad femenina), quien aborta una
criatura que será depositada en un cesto y desechada en el
mar (nótese la similitud con la leyenda de Moisés,
depositado en las aguas del Nilo). Tras solicitar consejo
divino, intentan de nuevo y comienzan a surgir del vientre de
Izanami todas las criaturas vivientes y todas las cosas
inanimadas. Hasta que, al parir al fuego, Izanami se quema los
genitales, enferma y comienza a vomitar; de sus excrecencias nacen
todos los dioses del panteón japonés. Finalmente, Izanami fallece
y su hermano-esposo, como un ancestral Orfeo, desciende a los
infiernos a buscarla y consigue el permiso para llevársela, ¡a
cambio de no mirarla antes de llegar arriba!...
El dios Izanagi
añoraba tanto a su fallecida esposa que decidió partir en su
busca. Se dirigió, por tanto, al país de las tinieblas llamado
Yomi. Cuando llegó, al ver que su esposa le abría las puertas del
palacio de ese país, le dijo:
–¡Ah, mi bella y amada
esposa! El país que construimos juntos todavía no está del todo
terminado. Vamos, regresa conmigo al mundo de los vivos. Su esposa
Izanami le respondió: –¡Qué pena que no hubieras podido venir
antes! Pero ya he probado la comida de esta región tenebrosa. Aún
así, me siento agradecida de que mi amado esposo haya venido a
visitarme hasta aquí. Por eso, aunque mi deseo es regresar
contigo, voy a consultar a los dioses de este mundo de las
tinieblas. Mientras vuelvo, no se te ocurra mirarme.
Pero la
curiosidad masculina se impone e Izanagi no puede evitar
mirarla; y lo que ve le repugna tanto que huye e intenta sin
éxito bloquearle el camino de regreso. Como resultado de
esta lucha surge la explicación de la vida y la
muerte:
Con estas
palabras, la diosa desapareció tras las puertas, pero
tardaba tanto en volver que el dios Izanagi no pudo esperar
más, rompió un diente grueso de la peineta con que se
sujetaba su augusta coleta izquierda y le prendió fuego para
alumbrarse.
Cuando entró en el
palacio, vio el cuerpo putrefacto de la diosa
que rezumaba gusanos y
despedía truenos:
De su cabeza había
nacido el Gran Trueno.
De sus pechos, el
Trueno del Fuego.
De su vientre, el
Trueno Negro.
De sus genitales, el
Trueno Hendidor.
De su mano izquierda,
el Trueno Joven.
De su mano derecha, el
Trueno de Tierra.
De su pie izquierdo,
el Trueno Retumbante.
De su pie derecho, el
Trueno Doblegador.
En total, pues,
habían nacido ocho deidades de truenos. Cuando Izanagi vio a su
esposa en tal estado, tuvo mucho miedo y emprendió la huida. Por
su parte, Izanami le dijo:
–¿Cómo te has atrevido
a avergonzarme? E inmediatamente ordenó a las furias del
País de las Tinieblas que lo persiguieran.
Durante la
persecución, Izanami, furiosa, lanza un maleficio por el cual cada
día morirían mil hombres en la tierra; entonces Izanagi formuló un
contramaleficio gracias al cual a diario nacerían mil 500
hombres.
A pesar de que
esta primera parte de El Kojiki es el equivalente
del Génesis de los libros sagrados más importantes del
mundo, es sorprendente el carácter escatológico de casi
todos los relatos, pues la sangre, los excrementos y todo
tipo de secreciones corporales de los dioses primigenios,
descritas con crudeza, dan origen al nacimiento de cientos
de deidades; claramente, para los antiguos japoneses, la
vida sólo podía engendrarse de la vida misma, por ello sus
dioses poseían forma y actitudes humanas.
Fuente: El Kojiki:
Crónicas de antiguos hechos de Japón. Editorial Trotta.
Colección Pliegos de Oriente. Madrid, España, 2009.
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