El
Kálevala, la epopeya nacional de Finlandia
Tania Zapata Ortega
Kálevala,
“la tierra de los héroes”, poema nacional de Finlandia;
consiste en una colección de cantares épicos tradicionales.
En 1822, Zacharias Topelius recogió y publicó unos pocos
cantares finlandeses sobre las leyendas de los hijos de
Káleva (Finlandia). Desde 1828 y durante muchos años, el
doctor Elías Lönnrot viajó por su país, penetrando hasta regiones
muy apartadas, recogiendo acuciosamente cantares y leyendas, que
organizó en serie y publicó en forma de poema épico. El 28 de
febrero de 1835 circularon los primeros ejemplares del libro de
Lönnrot, que daría orgullo nacional a Finlandia y a sus
pobladores, que abandonaron en parte el sueco de los
conquistadores; la moderna literatura finlandesa data, pues, de la
publicación del Kálevala.
La obra contenía
al principio 12 mil versos de ocho sílabas, sin rima,
divididos en doce runos o cantos, en los que se
hace abundante uso de la aliteración y el paralelismo de
imágenes o de ideas. Pero el gran folklorista continuó su
labor y en 1849 publicó una nueva edición, ampliada hasta 22
mil 793 versos. Aunque su rescate de la tradición popular es
relativamente moderno, el origen del Kálevala se
remonta a un periodo comprendido entre los siglos VI y XIV;
a pesar de las modificaciones sufridas, representa bien
aquella lejana época en que los fineses cantaron en una
lengua muy distinta de las indoeuropeas, una lengua
finno-úgrica cuyos orígenes se sitúan hipotéticamente en la cuenca
del Volga y que está emparentada con el estonio, el lapón y el
húngaro.
En el
Kálevala, el surgimiento de la tierra, el mar, los ríos y
los bosques, como en toda epopeya, está a cargo de fuerzas
divinas, pero el héroe principal tiene un origen anterior; el
“impasible, el viejo Wainamoinen”, el Gran Runoya, el bardo, el
compositor y cantor de runas (término que implica también la
posesión de poderes mágicos), es engendrado por el mar antes de la
creación del mundo en el vientre de Luonnótar hija de la
naturaleza, quien durante siete siglos, durante nueve vidas de
hombre, llevó la carga de su gravidez; durante este tiempo,
junto a Luonnótar un águila hace su nido y deposita seis
huevos de oro y un séptimo de hierro; cuando éstos estaban a
punto de eclosionar ella replegó vivamente la rodilla,
sacudiendo todos sus miembros y los huevos rodaron al abismo y
se estrellaron contra las olas convirtiéndose en las más bellas
cosas. De la parte inferior de los huevos se formó la
Tierra, madre de todos los seres; de su parte superior el
sublime cielo; de sus trozos amarillos el radiante Sol; de sus
trozos blancos la Luna resplandeciente; de las cascarillas
jaspeadas se hicieron las estrellas; y los trozos oscuros fueron
los nubarrones del aire. Wainamoinen esperó en el vientre de su
madre durante treinta estíos más, durante treinta inviernos,
sobre el inmenso abismo, sobre las olas nebulosas.
Wainamoinen
entonaba sus cantos y manifestaba su ciencia en los bosques
de Kálevala y su fama voló hasta las regiones del Mediodía,
hasta las alturas de Pohjola (Laponia), donde habitaba el
joven Joukahainen, quien lleno de cólera y envidia anuncia
su designio de ir a desafiar al bardo y parte a pesar de la
oposición de su padre y su madre.
Sin duda la
sabiduría de mi padre es grande; y la de mi madre mayor
aún. Pero la mía es mejor, respondió, y tomó su caballo de
reluciente morro y fogosos corvejones, y lo unció a su trineo
dorado, a su trineo de fiesta. Después montó, hizo restallar su
látigo ornado de perlas, y se lanzó al espacio.
Vencido por el Gran Runoya, Joukahainen ofrece
riquezas incontables a cambio de conservar la vida, pero todas son
rechazadas hasta que él promete a su hermana Aino al Bardo.
Wainamoinen lo suelta entonces y el emprende el viaje de regreso
para llevar la noticia. La madre del joven acepta la unión:
No llores, hijo
querido, ninguna razón tienes para estar triste. Mis votos serán
colmados al fin y veré al héroe de los héroes en mi casa; tendré
a Wainamoinen por yerno, al célebre runoya por esposo de mi
hija.
Pero la doncella
rechaza al pretendiente, llora durante días, huye, vaga por el
bosque y accidentalmente se ahoga en un río. Entonces la madre de
Aino comienza a llorar y lamentarse diciendo:
Guardaos, oh pobres
madres, guardaos en esta vida terrestre de arrullar a vuestras
hijas, de alimentar a vuestras hijas para unirlas a hombre que
no hayan ellas elegido, como yo he hecho con mi hija, con mi
paloma querida. Y la madre siguió llorando. Las lágrimas ruedan
de sus claros ojos sobre sus tristes mejillas. Y de aquellas
lágrimas surgieron tres ríos; y de cada río tres cataratas
encrespadas como llamas; y en medio de las cataratas, tres
islas…
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