EL HILO
INVISIBLE
Tania
zapata Ortega
Una vez del
otro lado de la barda, se asomaron con mucha cautela para
cerciorarse de que no los había seguido nadie hasta ahí. Los tres
salieron de sus respectivos hogares vestidos con el uniforme rojo
de los lunes. Se encontraron en la entrada principal y, sin
pronunciar palabra, se fueron rezagando de la formación hasta que
encontraron el momento propicio para escapar de las
incomprensibles peroratas en un idioma ajeno al suyo.
Atrás de la
escuela todo es silencio y desolación. Más de una década tratando
de contener sin lograrlo a casi dos millares de adolescentes, ha
dejado profundas cicatrices en aquel muro de piedra. Las palabras
obscenas, los violentos adjetivos o los sobrenombres de algunos de
los más destacados ejemplares de cada época aparecen dibujados,
cubiertos con alguna capa de pintura y vueltos a escribir en un
interminable mural que es el testigo silencioso de tantas horas de
ocio juvenil.
“Aquí está lo
que conseguí, pero mejor vámonos hasta el barrancón, así, si
vienen a buscarnos los vamos a ver primero y nos escondemos”. Los
otros dos jovenzuelos aceptan la propuesta de Gil, el más grande
de todos, y se levantan de los montones de arena sobre los que
están tumbados para seguirlo en fila hacia la cañada.
Las nubes se
deslizan suavemente en el luminoso fondo azul. Se respira el aire
fresco bajo el enorme ocote y, a unos cuantos metros, un
tupido bosque de encinos protege a aquel lugar contra miradas
indiscretas.
“Ya estamos
aquí; ahora saca lo que traes”. Gil, disfrutando la impaciencia de
sus compañeros, extrajo de la desgastada mochila, que hasta ese
momento había cargado en su espalda, una lata amarilla de solvente
y una bola de estopa. Los ojos de Pedro y Celso brillaron con
entusiasmo.
Con su pedazo
de estopa en la mano, se tumbaron, al cobijo del gran árbol,
viendo moverse las nubes y olvidando un poco su futuro en la
fábrica textil. El mayor, con apenas trece años, ha dejado atrás
sus sueños, ya sabe que ni siquiera terminará la
secundaria.
Celso, el más
pequeño, prefiere subir al árbol. Desde donde está, distingue con
claridad el hormiguero rojiblanco de la escuela en el descanso de
mediodía. Observa los grupitos que en el campo de futbol ensayan
la cascarita del recreo y se sorprende a sí mismo pensando que
todo aquello ha dejado de interesarle en absoluto. Con los
miembros embotados, todo él flota sobre las cosas, como si tuviera
alas y sobrevolara la escuela.
“¡Oigan,
miren!, desde el otro día siento que puedo llamar a la gente y
hacer que venga hasta aquí, es como si mandara un hilito hasta
donde está una persona, entonces el hilito se le amarra al cuerpo
y luego yo voy jalando el hilito y lo enrollo en el árbol, ¿se
acuerdan que el otro día vinieron los de tercero a buscarnos?,
pues es que yo los jalé desde aquí.
Como si
trataran de impedir que el pequeño Celso hiciera uso de aquel
poder recién conquistado, surten nuevamente su estopa, y así,
crece en su interior la euforia y se alejan los problemas.
“Miren, ahora
estoy llamando a los de segundo, estoy enrollando el hilito
alrededor de cuatro niñas y del maestro asesor y ya vienen para
acá. Si no me quieren creer no lo hagan, pero ya van llegando a la
barda y seguro van a venir hasta acá”. Las palabras de Celso no
han encontrado esta vez eco en sus compañeros, pues alertados por
sus observaciones, se han internado en el tupido bosquecillo para
no ser descubiertos. Sólo él permanece desde su observatorio para
constatar la llegada de las cuatro jovencitas acompañadas del
maestro; los han visto, a la hora de entrada, junto a la barda
posterior y ahora han alertado a los mayores sobre su ausencia.
Una lata al pie del árbol, un pedazo de estopa y una mochila vacía
delatan a los dos fugitivos, que tambaleándose salen de entre los
arbustos y se dejan conducir sin resistencia.
Como a ninguno
se le ocurre mirar hacia arriba, Celso no ha sido capturado. Desde
su atalaya observa el momento en que los prófugos son entregados a
sus padres que acudieron por ellos y se horroriza sólo de pensar
en la tunda que les espera en sus hogares.
Ha oscurecido
ya, la espesa niebla cubre todo el bosquecillo; Celso se ha
dormido y sueña con lo que hará, a partir de ese día, con el nuevo
don que el PVC le ha conferido. Está convencido de que puede
trazar hilos invisibles hasta el corazón de las personas y luego
atraerlas hacia sí mismo; ya no estará solo ni indefenso, e
imagina las posibilidades maravillosas de su nuevo don. Está tan
contento, que no le da importancia al hilillo de sangre que
escurre por su nariz. Ahora será preciso bajar del árbol sin
golpearse la cabeza, atravesar el barranco, encaminar sus
entumecidas piernas hacia la carretera y deslizarse en silencio
dentro de la choza, donde ya todos estarán durmiendo.
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