EL GRAN
PODER
Tania Zapata Ortega
La neblina ha
comenzado a caer desde las tres de la tarde y ahora todo es
gris. La casa de Fernando Lecona, el hombre más rico de la
región, está profusamente iluminada, y todo el patio está
impregnado con hueledenoche
. Más allá de las luces encendidas, el mundo se pierde
entre la bruma; en contraste con la elegante mansión, apenas
unas cuantas lucecitas denuncian la existencia de más casas en
el pueblo.
–¿Estás seguro
de que no se van a salir del huacal esos pinches indios
y van a votar por el contrario? ¿Les diste el mensaje en
que quedamos y dejaste claro que se atuvieran a las
consecuencias si no se alineaban?
Fernando mira
con suspicacia a su interlocutor: éste calla y asiente
con un maquinal movimiento de cabeza, mientras fija la
vista en la parte inferior de su atuendo de manta cruda,
que aparece cubierto por la tierra arcillosa de la
región.
El cacique no
está tranquilo con los informes que le han traído. Sabe del
malestar creciente entre los pobladores; sabe que ahora andan de
revoltosos con los “rojillos”, como él suele llamarles, y que
nunca como ahora corrió riesgo su
candidato de perder la contienda
electoral. Del triunfo de su candidato depende que los
precios del café y del maíz sigan favoreciendo sus
negocios. Impaciente se pasea, una y otra vez, frente a
las cuidadas plantas del corredor, mientras mira hacia
el camino. Es claro que, a pesar de la hora avanzada, espera la
llegada de alguien.
Durante tres
meses, casa por casa, los campesinos más viejos de Miguel
Hidalgo han visitado a las familias, platicado en voz baja las
injusticias de que son objeto, palpado la inconformidad, el
odio, el miedo. Saben la animadversión que la gente del pueblo
tiene hacia Fernando y sus allegados, están seguros de que
saldrán a votar porque desde la capital les han garantizado el
voto secreto.
-Pues yo veo
muy tranquilo a don Fernando, no sé qué piensen ustedes,
pero como que algo se trae, no creo que se vaya a quedar
tan tranquilo cuando vea que todo el pueblo va a votar
en su contra, ya lo acordamos y es seguro que ganamos,
pero…de cualquier modo hay que estar preparados para lo
que venga, ya sabemos cómo se las gasta.
Amanece.
Después del frío de la madrugada, el cielo va tiñéndose
de todos los colores del arco iris. Finalmente, el calor
del sol empieza a desprender un vaho que se levanta
desde el barro, mientras los hombres se dirigen a las
casillas para resguardarlas.
A pesar de
todos los preparativos, la escuela rural luce desierta,
apenas los encargados de acondicionar las mesas y
organizar la papelería han llegado hasta ahí; la mañana
está muy avanzada cuando, desde la esquina más próxima a
las casillas, la gente de Miguel González habla en voz
baja y recorre con mirada inquieta las calles
desiertas.
La información
está llegando ya a todos los medios, allá en la capital. Los
resultados, dicen, han sido abrumadores y dan la inesperada
victoria al candidato del actual presidente municipal. Los
informes son precisos, a pesar de que señalan el acentuado
abstencionismo y en las emisoras de radio y televisión explican
que la gente no salió a votar probablemente por la fuerte helada
de la noche anterior.
Ya tarde, casi
para oscurecer, un hombre toca a la puerta; viene sudoroso y
cansado. Necesita saber, necesita comprender la razón por la
que, pese a todos los pronósticos y a la certeza del triunfo,
apenas valorado la noche anterior, más de 300 campesinos se
encerraron en sus casas durante todo el día y no acudieron a
votar.
-No me lo tome
a mal, maestro, usted sabe que nosotros somos muy
respetuosos de nuestra palabra, pero tenemos una familia
y una vida qué defender y pues, hay cosas que están por
encima de nuestra voluntad, figúrese que desde la
madrugada, los Lecona mandaron a traer a un brujo de
gran poder, así que en ese cerro que se divisa desde
aquí, todos lo vimos sahumando y echando maldición para
los que saliéramos a votar; anduvimos preguntando y supimos
que lo trajeron de Catemaco, y pues nuestra gente tuvo mucho
miedo, no nos fuera a pegar algún mal por retar a fuerzas de
tanto poder…
Comentarios