EL CANTAR DE
HILDEBRANDO
RESCATE MEDIEVAL DE
LA TRADICIÓN PRECRISTIANA
Tania Zapata
Ortega
En cuanto los
pueblos bárbaros del norte de Europa adoptaron la
escritura latina buscaron dejar constancia de su rico y
variado pasado literario, lleno de mitos antropomórficos
y legendarias hazañas; gran parte de esta tradición oral
adquirió fisonomía propia. Fueron los monjes quienes
hicieron todo ese trabajo de transcripción; esta
naturaleza conventual explica la irreparable pérdida de
innumerables documentos de gran valor que sin duda permitirían
conocer el pasado literario de estos pueblos.
A esta época
pertenece la transcripción al bajo alemán del Cantar de
Hildebrando, antiguo monumento literario de la épica
germánica; escrito hacia la segunda mitad del Siglo VIII y que
se conserva en la Staatsbibliothek de Berlín en un manuscrito
del Siglo IX; se trata de una antigua leyenda visigoda en honor
a Teodorico el Grande (muerto en 526) rey de los ostrogodos y
conquistador de Italia (la presa más codiciada por los pueblos
del norte). Teodorico se convirtió entre los germanos en una
figura gloriosa y representativa de la esencia y la fuerza de su
raza y pronto se adueñó de ella la leyenda que llegó a
transformarlo en un personaje fabuloso, llamado Teodorico de
Bern (es decir de Verona), o Dietrich de Bern, que aparece
celebrado en relatos consagrados a su propia leyenda y que
interviene en otros ciclos heroicos. El estilo del Cantar de
Hildebrando es fuerte, duro y rígido; apenas se conserva una
parte del poema, cuya parte dialogada tiene tanta importancia
como la narrativa.
El episodio es
sencillo pero lleno de dramatismo y de elevación heroica; se
reduce al encuentro entre el viejo Hildebrando, que milita en el
ejército de Teodorico y su hijo Hadubrando, a quien abandonara
siendo un niño y que forma entre las fuerzas de Odoacro. Se
enfrentan en trágico duelo, pues Hadubrando no sabe que su
antagonista es su propio padre y ambos emprenden un duro combate
singular cuyo final se desconoce por interrumpirse aquí el texto
conservado. En versiones posteriores, padre e hijo se
reconcilian en plena lucha.
Oí contar que a
solas dos guerreros se enfrentaron,
Hildebrando a
Hadubrando, por entre dos ejércitos.
Padre e hijo tomaron
sus corazas de héroes,
revisaron sus piezas
y ciñeron la espada
sobre sus armaduras
camino a la batalla.
Hildebrando habló
entonces, el hijo de Heribrando,
que era el hombre
mayor y de más experiencia;
empezó a preguntar
con medidas palabras
quién del otro era
el padre, de las gentes que viven,
«o de quién tú
podrías resultar descendiente.
Con que digas lo
uno, ya sabré yo lo otro,
muchachito, que a
todos en el reino conozco.»
Hadubrando habló
entonces, el hijo de Hildebrando:
«Nuestra gente me
dijo, los que mucho han vivido
y son sabios, que
era Hildebrando mi padre.
Yo me llamo
Hadubrando. Hace ya largo tiempo
que mi padre huyó al
este de la isnquina de Otácher
junto a Dietrich y
muchos de sus fieles guerreros.
Dejó atrás en la
tierra a sus seres queridos,
a su novia en su
alcoba y a su hijo pequeño
de su herencia
privado. Se fue, pues, hacia el este
en auxilio de
Dietrich, tan escaso de amigos
y que era de Otácher
enemigo jurado.
Fue de Dietrich mi
padre un vasallo excelente,
siempre al frente de
todas las batallas y duelos,
y los hombres
valientes bien sabían quién era.
Ya no creo que
viva». Respondía Hildebrando:
«Sé tú, Dios, desde
el cielo de estas cosas testigo:
nunca trabes combate
con quien lleva tu sangre.»
Y tomó de su brazo
un puñado de anillos,
con el oro del
Emperador engarzados,
que el buen rey de
los hunos en regalo le diera.
«Como prenda te doy
esto de mi amistad».
Respondiole
Hadubrando, el hijo de Hildebrando:
«Con la lanza se
debe recibir tu regalo,
contra punta su
punta. Sin medida tú astuto
te creíste, huno
viejo. Me lanzaste palabras
para, en ellas
trabado, arrojarme tu lanza.
Si has llegado hasta
viejo fue con estas argucias.
Me contaron las
gentes de la mar, que al oeste
del océano viajan,
que murió combatiendo.
¡Muerto yace
Hildebrando, el hijo de Heribrando!»
Hildebrando habló
entonces, el hijo de Heribrando:
—Por las armas se ve
que en tu casa un maestro
diligente tuviste, y
que nunca al exilio
te enviara tu
príncipe.
(…)
Por desgracia, buen
Dios, me golpea el destino.
Ya sesenta veranos y
otros tantos inviernos
vi pasar, en la
tierra de otras gentes varado.
En la línea del
frente combatí con denuedo
y jamás me mataron
al tomar algún fuerte
¡y ahora llega mi
hijo para hundirme su espada
y clavarme su hacha,
si antes yo no lo mato!
Mas, si tienes
agallas, bien podrás sin esfuerzo
al anciano que soy
despojar de su cota
y llevarte el botín,
si es que a él tienes derecho.
(…)
Ni el peor de los
hombres del Oriente querría
malgastar la ocasión
de enfrentarse contigo,
deseoso como eres de
justar. Así cueste
lo que cueste,
veamos quién se lleva estas armas
y podrá reclamar las
dos cotas de malla.»
Dejan ya navegar
cenicientas sus lanzas,
golpes ágiles
lanzan, que detienen rodeles.
Ya se acercan a pie,
los brillantes escudos
golpeando con fuerza
hasta que hacen saltar
con su espada el
escudo…
Fuente: Historia
de la Literatura Universal. Martín de Riquer/ José María
Valverde. Historia de la literatura. Lavallete.
Traducción del Cantar de Hildebrando tomada del blog
Campos de Fresa.
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