EL BILLETITO
Tania Zapata Ortega
–Señorita, señorita,
necesito que me ayude, es que no sé leer; me dijeron que
éste es un billetito premiado y que fuera a cobrarlo a la
oficina, pero no conozco la ciudad y ya me perdí, anduve
preguntando, pero no encuentro la dirección que me dieron;
usted me inspiró confianza, por eso le pido de favor que me
acompañe.
Sus ojos suplican ayuda.
Profundas arrugas surcan su rostro y enmarcan su mirada
penetrante. Parece observar por completo a su interlocutora
mientras habla. Tiene en las manos la fotocopia de un
periódico y coloca junto a ella un billete completo de la
lotería nacional; Leticia observa los números y comprueba
con sobresalto que corresponden exactamente con el premio
mayor que ahí aparece declarado; demasiado dinero, mucho más
que el que acaba de cobrar en esa fila que hace horas
parecía interminable. Y esta desconocida parece tan
convincente…
Con los sentidos alerta,
tal vez por el hecho de portar dinero ajeno en la cartera,
mira a derecha e izquierda para ver si alguien acompaña a la
mujer, no quiere ser una ingenua más de las que caen en las
triquiñuelas de expertos embaucadores. La mujer se alisa los
cabellos grises con la mano desocupada antes de volver a la
carga.
–Qué dice, ¿me acompaña?
Mire, yo le voy a agradecer mucho que vaya conmigo, es más
le daré la mitad del premio… es que usted me cayó bien desde
que la vi, además a mí me da miedo ir solita a esas oficinas
donde dicen que pagan los premios. Por favor, venga conmigo,
la ayudo con sus paquetes, deme su bolsa, se ve que pesa, yo
la ayudo a cargarla. Mire, cobramos y luego yo misma la
acompaño a su casa.
Ante la actitud solicita de
la mujer, sus dudas se disipan; sabe que las oportunidades
de ganar en una tarde 100 milloncitos son rarísimas; se
trata de una cantidad fabulosa con la que cualquiera
quisiera contar para resolver el resto de su vida, y que
nadie compartiría tan fácilmente, Leticia decide apretar
fuertemente la correa de su bolsa y, rechazando cortésmente
la ayuda, toma el voluminoso paquete que ha recogido en la
oficina de envíos, mientras le dice a la mujer que con gusto
la acompañara.
–Venga conmigo, le dice
Leticia con ademán seguro. Es por aquí, vamos de este lado,
no, yo puedo con la bolsa, pero apúrese porque después tengo
que llegar a mi casa.
Algo como la alegría se
refleja furtivamente en la mirada opaca de la mujer. Se
limpia el sudor de las manos en el mandil de cuadros rojos y
camina a su lado lanzando miradas de reojo al bolso negro
que cruza el cuerpo de Leticia.
La luz verde del semáforo
las obliga detenerse antes de cruzar la transitada avenida.
Mientras esperan la señal para seguir, Leticia se esfuerzan
recordar hasta el mínimo detalle las historias de estafas y
fraudes que hace días asonaron la conversación. Recuerda de
pronto la frase de su prima Juana, a quien le sacaron el
monedero mientras escuchaba en bobada al merolico que
hablaba en medio de un montón de curiosos: “cuando te das
cuenta ya te chingaron, hay que ponerse muy viva”.
Ambas mujeres doblan la
esquina de las fritangas. Leticia, trata de no mirar las
crujientes quesadillas que hierven al fondo de la cazuela
para no detenerse a charlar como es su costumbre, con la
dueña del puesto. Desea con fervor que nadie la salude ahora
que le urge llegar a su destino.
Aunque ya están muy cerca,
las cinco cuadras que median entre el banco y las oficinas a
las que Leticia quiere llegar a toda costa se han vuelto
interminables, pero ahora que sólo faltan unos cuantos
metros, se tranquiliza.
Contempla el patio antiguo
y grande que parece sonreír y darle la bienvenida con sus
macetas de plantas recién regadas.
Antes de que la mujer
adivine sus intenciones, Leticia da un paso dentro del
zaguán y al mismo tiempo que le dice a la extraña:
–Espéreme usted tantito, es
que voy a ver a un conocido que trabaja en estas oficinas
para darle un recado. Siéntese usted en esa banca; en cinco
minutos vamos a ver lo de su cobro.
Los ojos de la mujer han
lanzado iracundos destellos de impaciencia y frustración,
pero antes de que acierte a replicar, Leticia ya está
subiendo la escalera a todo lo que sus taconcitos le
permiten. Esta vez no se detiene a tomar aliento y llega
agitada y forzando sus pulmones al tercer piso.
El balcón principal está
abierto y por ahí se cuela sin aviso y se asoma para espiar
a la desconocida, pero sólo acierta a mirar cómo ésta
apresura el paso hasta la esquina y luego desaparece de su
ángulo de visión.
Con la mujer se alejan
también los soñados milloncitos de la lotería y todo lo que
con ellos se podría comprar. Mira con extrañeza la calle por
la que caminan las personas sin saludarse, en esta ciudad en
la que casi nadie se conoce. Leticia suspira entre el alivio
y la melancolía, mientras su mano bucea en el bolso para
asegurarse de que el pequeño envoltorio de billetes ajenos
aún permanece en su sitio provisional, así que inicia el
descenso rumbo a casa, sin el jugoso premio mayor, pero con
el bolso y los paquetes aún en su poder.
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