CINCUENTA PESITOS EL MINUTO

Tania Zapata Ortega

Las palabras danzan en el cerebro de Violeta. Tiene la respuesta, es sencillo, se trata de formar palabras de seis letras… pan comido. Ya siente en su bolsillo los cincuenta mil pesitos del premio.

En el viejo televisor, la locutora baila y se contonea vestida en tonos chillones, extraordinariamente delgada, el cabello teñido, bisutería extravagante y maquillada hasta el extremo; tuerce en muecas su operado rostro y no para de invitar a marcar el número telefónico asignado al programa de concursos. “¿Qué esperas?, marca, ¿no quieres el dinerito? No hagas esto, nadie está llamando porque no se saben la respuesta, está difícil, si tú la sabes no la desaproveches… es tu oportunidad”

        Mientras tanto, de izquierda a derecha, en la pantalla del televisor, aparecen, grandes y tentadores, los números de la línea comercial, abajo, en letras diminutas, el precio por cada minuto de la llamada telefónica.

Es imposible que Violeta deje de pensar que con la décima parte del premio anunciado podría resolver gran parte de sus problemas cotidianos. Pagar deudas, incluida la del teléfono con sacrificios adquirido, asegurar la despensa, regalarse un par de zapatos de catálogo o sentirse menos miserable porque comienza a contar en el reducido número de las personas que consumen todo lo que la propaganda ofrece como sinónimo de la felicidad.

Conteniendo los latidos de una válvula cardiaca con cuatro décadas de antigüedad, resiste la tentación de tomar el auricular mientras su pensamiento se detiene en los recuerdos de toda una vida de trabajos ingratos. Piensa en los doce años que lleva trabajando en la compañía de limpieza y en los contratos que le obligan a renovar cada tres meses para impedir que adquiera derechos. Mira sus pies, ennegrecidos por el polvo y la intemperie. Camina hacia la mesita donde está el teléfono y se detiene a medio intento por llamar. La asalta la idea de que no sea verdad, de que no pueda ganar, de que la respuesta correcta a la absurda del concurso no sea ésa que tiene ya en la punta de la lengua. Violeta tiene miedo de que, al llamar, le pregunten otra cosa y miles de trasnochados televidentes escuchen su voz, equivocándose, en un programa transmitido en vivo.

Sigue, en la pantalla, un ideal de mujer exitosa, que vestuario, calzado y objetos caros, delgada, con una piel que indica una buena alimentación; ella sigue invitando a los espectadores a participar en el concurso porque “como nadie está llamando y está muuuuuy complicado resolver este acertijo, me dicen que se ha duplicado el premio”. “¡Son cien mil!, ¡sí!, oíste bien, ¡cien mil pesotes los que te puedes ganar, sólo tienes qué levantar el teléfono y marcar!…”.

Pasan los minutos, un nudo en la garganta de Violeta es el resultado de la lucha entre el deseo y el miedo. Demasiada presión. Demasiadas ansias contenidas de comprar y disfrutar todo lo que pueda hacer que olvide su soledad, su rutina, su desayuno frío de cada mediodía.

En un arranque heroico de valor toma el teléfono, le duele la mano al oprimirlo con fuerza y marca. Suena una vez y luego, clic, una voz aterciopelada la invita a esperar en la línea y a no colgar mientras la comunican. Pasan dos minutos. Otra voz, igual de agradable, le pide no colgar mientras pueden atender su llamada.

Han transcurrido casi treinta minutos, el concurso avanza y se suceden los segmentos, pero Violeta sigue en la línea, atendiendo al mismo tiempo la evolución del programa y consolándose porque también sabe las siguientes respuestas. Cuarenta y ocho minutos después de iniciada su llamada, termina el concurso con el último ganador que ha dicho la palabra que Violeta repite una y otra vez desde hace rato. Un sonido intermitente marca el fin de la comunicación telefónica. Del otro lado de la línea, alguien, tal vez la voz de terciopelo que le estuvo pidiendo que no cortara la llamada, ha colgado la bocina.

Sus vértebras cervicales se han entumecido en la posición de mantener la comunicación. Se estira. Trata de consolarse con aquello de “era demasiado bello para ser real”. Se prepara para dormir. La verdadera desgracia, la que hará que le duela algo más que el cuello, la descubrirá el fin de semana con la llegada del recibo telefónico. Dos meses íntegros de su salario por una llamada en la que la tarifa es de “cincuenta pesitos, IVA incluido”, como rezan las letras chiquititas que Violeta no atendió porque el “acertijo” acaparaba su atención.

“¡Qué barbaridad!, las tres de la madrugada. Mañana es miércoles y las oficinas estarán tan sucias que habrá que ponerle cloro al trapeador”. Ha empezado el Himno Nacional y pronto cerrará transmisiones uno de los dos canales que capta a esta hora la antena de su televisor. Pero no tiene sueño… demasiado café, demasiadas emociones. Demasiadas ansias contenidas… y la sorprendente elocuencia de los personajes que, en el interminable programa, anuncian un novedoso aparato para adelgazar mientras el usuario duerme, porque la gordura es un estigma que hay que combatir.

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