CESARE PAVESE . Poeta y traductor italiano. Nació el nueve de septiembre de 1908 en Santo Stefano, Belbo y falleció en Turín, Italia, el 27 de agosto de 1950. Cursó los primeros estudios en Turín bajo la orientación de Augusto Monti, quien fuera figura relevante del antifascismo. Obtuvo la Licenciatura en Letras en 1932 y antes de dedicarse a la poesía trabajó como editor y traductor de Melville y Anderson. En 1935 fue detenido por su actividad política y confinado en Brancaleone Calabro. Un año después regresó a Turín, se afilió al partido comunista, tradujo a John Dos Passos, Gertrude Stein y Daniel Defoe, y publicó la obra Trabajar cansa. Entre 1936 y 1950 produjo una parte muy importante de su obra, con títulos como El oficio de poeta, Diálogos con Leuco, Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, El oficio de vivir, La casa en la colina y La luna y la fogata. Agobiado por la depresión y el desengaño, se quitó la vida en 1950.

 

EL VINO TRISTE

Lo difícil es sentarse sin hacerse notar.

Lo demás viene por sí mismo. Tres tragos

y regresan las ganas de pensarlo a solas.

Se abre un fondo de zumbidos distantes,

toda cosa se pierde y resulta un milagro

haber nacido y mirar el vaso. El trabajo

(el hombre solo no puede no pensar en el trabajo)

vuelve a ser el antiguo destino de que es bello sufrir

para poder pensarlo. Después, los ojos miran

al vacío, dolientes, como agujeros ciegos.

Si este hombre se levanta y va a dormir a su casa,

parece un ciego que perdió el camino.

Cualquiera

puede salir de una esquina y molerlo a golpes.

Puede sufrir una mujer y tenderse en la calle,

joven y hermosa, bajo otro hombre, gimiendo

como en otro tiempo una mujer gemía con él.

Pero este hombre no mira. Se va a su casa a dormir

y la vida no es más que un zumbido de silencio.

Desvestido, este hombre mostraría miembros extenuados

y una cabellera brutal, alborotada.

¿Quién diría que a este hombre lo recorren tibias venas

donde un tiempo la vida quemaba?

Ninguno creería que en otros tiempos una mujer

acarició ese cuerpo y lo besó, ese cuerpo tembloroso,

empapado de lágrimas, ahora que el hombre,

en su casa, intenta dormir sin lograrlo y gime.

 

TRABAJAR CANSA

Atravesar una calle para escapar de casa

puede hacerlo un muchacho, pero este hombre que anda

todo el día por las calles ya no es un muchacho

y no escapa de casa.

Hay tardes de verano

en que hasta las plazas se vacían, tendidas

bajo el sol declinante, y este hombre que llega

a una alameda de inútiles hierbas, se detiene.

¿Vale la pena estar solo, para estar siempre más solo?

Caminar por caminar; las plazas y las calles

están solas. Es preciso detener a una mujer,

hablarle y persuadirla de vivir juntos.

De no ser así, uno habla a solas.

Es por esto que a veces

el borracho nocturno comienza a farfullar

y relata los proyectos de toda la vida.

No es verdad que esperando en la plaza desierta

el encuentro se dé con alguno; pero quien va por las calles

se detiene de vez en cuando. Si fueran dos,

aun andando en las calles, la casa estaría

donde aquella mujer y valdría la pena.

En la noche, la plaza vuelve a quedarse vacía

y este hombre, que pasa sin mirar las casas

entre inútiles luces, ya no levanta sus ojos:

solo mira el empedrado hecho por otros hombres

de manos endurecidas, como las suyas.

No es justo quedarse en la plaza desierta.

Es seguro que existe esa mujer en la calle

que, rogándoselo, quisiera consolar esa casa.

 

LA CASA

El solitario escucha la voz calma

con la vista entornada, como si una respiración

alentara en su rostro, una respiración amiga

que remonta, increíble, el tiempo lejano.

El hombre solo escucha la voz antigua

que sus padres oyeron en otros tiempos, clara,

cosechada; una voz que, como el verde

de los pantanos y colinas, oscurece la tarde.

El hombre solo conoce una voz de sombra,

acariciante, que brota en los tonos tranquilos

de un oculto venero: la bebe atento,

a ojos cerrados, como si no estuviera a su lado.

Es la voz que un día detuvo al padre

de su padre y a todos los de su sangre muerta.

Una voz de mujer que suena secreta

en el umbral de la casa al caer la oscuridad.

 

VENDRÁ LA MUERTE Y TENDRÁ TUS OJOS

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

–esta muerte que nos acompaña

de la mañana a la noche, insomne,

sorda, como un viejo remordimiento

o un vicio absurdo–. Tus ojos

serán una vana palabra,

un grito acallado, un silencio.

Así los ves cada mañana

cuando sola sobre ti misma te inclinas

en el espejo. Oh querida esperanza,

también ese día sabremos nosotros

que eres la vida y eres la nada.

Para todos tiene la muerte una mirada.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.

Será como abandonar un vicio,

como contemplar en el espejo

el resurgir de un rostro muerto,

como escuchar unos labios cerrados.

Mudos, descenderemos en el remolino.

 

Y ENTONCES NOSOTROS, LOS VILES

Y entonces nosotros, los viles

que amábamos la noche

murmurante, las casas,

los senderos del río,

las sucias luces rojas

de esos lugares, el dolor

silencioso y mitigado

–esta muerte que nos acompaña–

arrancamos la mano

de la viva cadena

y callamos, mas el corazón

sobresaltó nuestra sangre,

terminó la dulzura,

se acabó el abandono

en el sendero del río,

ya no siervos, supimos

estar solos y vivos.

 

EL AMIGO QUE DUERME

¿Qué le diremos esta noche al amigo que duerme?

La palabra más tenue nos sube a los labios

desde la pena más atroz. Miraremos al amigo,

sus inútiles labios que no dicen nada,

quedamente hablaremos.

La noche tendrá el rostro

del antiguo dolor que cada tarde resurge,

impasible y vivo. El silencio remoto

sufrirá como un alma, mudo, en la oscuridad.

Le hablaremos a la noche, que levemente respira.

Oiremos los instantes goteando en lo oscuro,

más allá de las cosas, en la ansiedad del alba

que vendrá de improviso esculpiendo las cosas

contra el silencio muerto. La luz inútil

develará la faz absorta del día. Los instantes

callarán. Y hablarán quedamente las cosas.

 

THE CATS WILL KNOW

Aún caerá la lluvia

sobre tus dulces empedrados,

una lluvia ligera

como un aliento o un paso.

Aún la brisa y el alba

florecerán ligeras

como bajo tu paso,

cuando tú vuelvas.

Entre alféizares y flores

los gatos lo sabrán.

Llegarán otros días,

llegarán otras voces.

Sonreirás a solas.

Los gatos lo sabrán.

Oirás palabras antiguas,

palabras huecas, cansadas,

como trajes arrumbados

de las fiestas de ayer.

También gesticularás,

responderás palabras

–rostro de primavera–,

también gesticularás.

Los gatos lo sabrán,

rostro de primavera.

Y la lluvia ligera,

el alba color Jacinto

que rasgan el corazón

de quien más ya no espera,

sin la sonrisa triste

con que sonríes a solas.

Llegarán otros días,

otras voces y despertares.

Sufriremos en el alba,

rostro de primavera.

 

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