CALABACITA, TÍA

Tania Zapata Ortega

 

Son ya las cinco de la tarde, pero Isabel no ha terminado aún de lavar las cuatro docenas de prendas que debe entregar al día siguiente. Sus manos, enrojecidas tallan mecánicamente las camisas y los pantalones que trajo por la mañana de la casa del doctor. Espera ganar unos cincuenta o sesenta pesos que alcanzarán apenas para sobrevivir un par de días mientras encuentra algún otro encargo.

     “Mami, no te olvides que hoy vamos a ir a pedir calabacita, tía; acuérdate que mi maestra nos va a esperar en la esquina de la escuela, pero no me has dicho cómo me voy a vestir”. Isabel no lo recordaba; asiente mientras emite un sonido gutural con la boca cerrada y al punto se pone a pensar cómo salir del paso.

     Desempolva un viejo suéter negro que le llega a las rodillas y que ha visto mejores tiempos, y piensa que ésa es la prenda exacta para disfrazar a una brujita de ocho años. Cuando den las seis llamará a su hija, colocará sobre su delgado cuerpecito la vieja prenda y notará que se arrastra un poco. Deshará su trenza castaña, le alborotará el cabello y terminará la caracterización fantasmal, repintando grotescamente sus facciones con carboncillo de cejas. Completará el atuendo dándole una bolsa negra de plástico para que en ella coloque las golosinas que vaya obteniendo y suspirará complacida, pensando que esta vez ha logrado que su hija participe en una actividad escolar como ésa, pues en el desfile anterior, Vero tuvo que faltar porque no hubo dinero para comprar un par de tenis blancos.

     El polvo caliginoso de la calle sin pavimentar se fue pegando en el disfraz y cuando llegaron frente a la barda rotulada de la escuela primaria Niños Héroes, el viento, formando remolinos de basurillas y de polvo, se encargó de completar el maquillaje de todo el grupo de pequeños.

     Niños de varias edades se habían dado cita para recorrer las calles de la colonia y así recrear la costumbre de pedir, en los primeros días de noviembre, golosinas y fruta. Pedir “calabacita, tía” era una de las diversiones más esperadas del año. Estaban ahí presentes, en jirones, los disfraces del día de la primavera mezclados con listones y retazos de otros desfiles anteriores. Algún peluche que originalmente perteneció al oso pardo, ahora era la capa de un monstruo. No faltaba, por supuesto, alguna máscara horripilante y nueva.

     Verónica, entusiasmada al ver al grupo ya reunido, se despidió con brevedad y salió corriendo al encuentro de la grotesca tropa. Isabel apenas alcanzó a decirle que vendría por ella a las nueve y giró sobre sus gastadas sandalias, agachando la cabeza para que el viento no colara alguna basurilla en sus ojos.

     Se alejó despacito de la gritería de los niños que entonaban la tradicional cantinela: “Somos los angelitos, del cielo bajamos, pidiendo calabacita, para que comamos... “¡Calabacita, Tía!

     ¡Que viva la tía! Gritaron al unísono en la primera casa, cuando una señora empezó a repartir un puñado de galletas de “animalitos” a cada uno. “¡Que muera la tía, con la pata fría!”, volvieron a gritar en la casa de al lado cuando, sin levantarse, el alcoholizado albañil les dijo que no había “calabacita” para darles esta vez.

     La turba de chiquillos descalzos recorrió las ocho calles de la colonia y sus bolsas fueron llenándose con golosinas, galletas, fruta de temporada y envoltorios de oscuro dulce de calabaza. Con osadía, se aventuraban hasta la puerta de cada casa, atravesaban los patios esquivando a veces la ropa tendida, a fin de obtener mayor cantidad de golosinas que sus compañeros.

     “Somos los angelitos, del cielo bajamos, pidiendo calabacita, para que comamos... ¡Calabacita, Tía! ¡Que viva la tía!, repitieron una vez y otra hasta que, cansados, sudorosos y divertidos, regresaron a la esquina, donde ya esperaban algunas ateridas mujeres, protegiéndose del viento de noviembre.

     “Le digo, maestra Carito que yo también traje a la Vero, ¿no la vio? Llevaba un abrigo negro hasta los pies. ¿Dónde se quedó?

     “Yo no la vi, maestra… creo que no vino”, dijo uno de sus compañeritos… y otro, un poco más grande, corrigió: “yo sí la vi, pero en la calle tres se quedó porque se enredaba con su traje”.

     Ningún rastro de la niña. Asustada, con las lágrimas cerrando su garganta, Isabel convenció como pudo a la maestra de que recorrieran en sentido inverso las calles visitadas. Nada. Preguntaron en varios domicilios hasta que las miradas somnolientas se fijaron en ellas con reproche.

     Está amaneciendo… ¿qué es lo que flota en la cisterna, entre el agua turbia y las cáscaras de los cacahuates que volaron hasta ella? Son unos cabellos enmarañados y la manga de un suéter negro desde la que asoma una pequeña mano en forma de garra. Es Verito, que no pudo alcanzar a la turba de chiquillos ruidosos porque sus pies resbalaron una y otra vez en las verdosas paredes del tanque de cemento, cuya tapadera había quedado abierta.

     Flotando está, de igual forma, una bolsa de plástico negro que contiene un poco de dulce de calabaza y algunas galletas, que mañana sacarán de ahí, chorreando agua, cuando la brigada de Protección Civil haya acordonado la calle.

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