AMIGO FIEL

Tania Zapata Ortega

 

“Te dije que era mejor cruzar el libramiento por el puente peatonal. Traíamos a los niños, pero tú preferiste arriesgar el pellejo y ahí están las consecuencias. No hiciste caso de razones y ahora estás ahí quietecita sin decir palabra, como que sabes que tienes la culpa de lo que acaba de pasar. Te lo dije, que traíamos dos perros y a los niños, pero tú saliste con que te duelen las rodillas cuando subes por la escalera y que cuando estás arriba te dan mareos y ganas de volver el estómago”.

Sobre la cinta asfáltica recién arreglada, los fluidos que manan del cadáver van formando un charco junto a su pelo castaño. Antonio mira cruzar los automóviles que pasan a gran velocidad pues están en una vía rápida. Hace señas para que esquiven el cuerpo mientras el dolor se le estaciona en la garganta y lo obliga a doblarse sobre su abdomen.

“Oye, te estoy hablando, ya reacciona, muévete si quiera para ver qué es lo que vamos a hacer ahora que su cuerpo está ahí tirado a media carretera, qué no ves que puede estar vivo aún y algún carro va a pasarle encima de un momento a otro. Te digo que puede estar vivo, no me contradigas, además ni modo que lo dejemos aquí como si fuera cualquier animal. Espera, mira, agarra a la niña y vete mejor a la casa, yo voy a ver qué hago, déjame el dinero… o haz lo que quieras pero ya lárgate y déjame en paz. Dile a esa chamaca que no esté chillando, que me desespera”.

Oportuna como pocas veces, una patrulla de vialidad se acerca, entiende al instante lo ocurrido, se estaciona y el oficial desciende. Antonio sólo acierta a comprender que le están prohibiendo arriesgarse a rescatar al herido que sigue inmóvil a media carretera. No escucha, su espíritu se subleva ante las palabras del uniformado y se aleja de ahí para caminar hacia el sitio del accidente; espera que pase un microbús del trasporte colectivo que milagrosamente esquiva el obstáculo y se interna en la peligrosa vía rápida.

El cuerpo pesa más de lo que hubiera creído, huele a urea, a humedad, a intemperie. Antonio trata de hacerle el menor daño posible, mientras oye cómo gime con voz casi inaudible. Tiene los ojos abiertos y brillantes y un hilo de abundante saliva ha dejado un rastro de humedad al arrastrarlo hasta el camellón.

“Te voy a llevar al veterinario y te vas a curar, oye, no te mueras, voy a parar un taxi y vamos a casa”.

Ha sido que sintió el latido débil de su corazón, o tal vez el remordimiento por las veces que llegó tarde con su comida, o el manso calor que despide aún debajo de las axilas, pero ahora Antonio solloza abrazado a su cuello.

El tiempo no da la vuelta, no puede volver a salir de casa, ahora con la correspondiente correa. No puede anular el instante en que accedió a que su mujer no cruzara por el puente. Tampoco detener al enorme pastor alemán para que no baje corriendo al ver que ella no los sigue y trate de alcanzarla toreando los autos. Puedes mirar hacia atrás, pero no puedes desandar el camino. Puedes, eso sí, recordar el chirrido de las llantas al frenar, el impacto del cuerpo contra la defensa de la camioneta negra; el doloroso y final aullido del noble amigo y el estruendo del claxon alejándose a más de 80 kilómetros por hora.

Los quejidos han cesado, Lobo agoniza y un velo opaco nubla repentinamente su mirada mientras su amo observa cómo la muerte se apodera de su cuerpo que ahora está tendido sobre el césped, con el hocico abierto en el último resuello; Ya no lo esperará cada tarde en la esquina, moviendo el rabo peludo en señal de bienvenida; sus huesos abonarán la tierra en el patio trasero de la casa y Antonio entrará ceñudo y malhumorado para seguir culpando a su mujer por lo ocurrido.

“Ya puedes estar contenta, ya no vas a tener que limpiar la mierda del pinche perro, ya no nos van a picar las pulgas ni tu casa va a volver a estar apestosa. Tú no querías al Lobo pero él se murió por seguirte en tu terquedad de jugar carreritas en la avenida…”.

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