UN POETA DE LA MESOPOTAMIA

Tania Zapata Ortega

La Mesopotamia, situada entre los ríos Tigris y Éufrates, fue testigo del florecimiento de Babilonia, cuyos primeros datos históricos se remontan a fines del milenio IV y principios del III a.n.e.; el régimen esclavista alcanzó un grado de desarrollo superior al de Egipto; la acumulación de las riquezas en un polo y la miseria en el otro, así como la terrible situación de las capas inferiores de los hombres libres y la agudización de las contradicciones sociales dieron pie al surgimiento de concepciones materialistas y ateas. De la gran actividad comercial entre sus principales ciudades surgió la necesidad de un sistema de registro, que daría lugar a la escritura cuneiforme, llamada así porque sus caracteres son combinaciones de signos en forma de cuñas; gracias a este maravilloso invento, primera forma de escritura que se conoce, podemos asomarnos a la historia, organización social y religiosa y a sus conocimientos y creencias, rescatados de la tradición oral. Desde mediados del siglo XIX, excavaciones en las ruinas del palacio de Asurbanipal, en Nínive (en el actual Irak), dieron lugar al descubrimiento de un invaluable legado histórico, literario y cultural preservado en tablillas de arcilla; su estudio ha demostrado que una buena parte de los mitos y la cosmovisión de hebreos, griegos y romanos, son herencia de esta civilización. Convocamos ahora a otro poeta anónimo de la antigüedad, al autor del poema Ludlul Bel nemequi (Quiero alabar al Señor de la sabiduría)(*) considerado el poema de carácter sapiencial más extenso en lengua babilónica; este monumento literario consiste en cuatro tablillas, en las dos primeras, el protagonista, Shubsshi-meshre-Shakkan, funcionario de cierto rango, se convierte en un Justo Sufriente, es decir en un hombre piadoso que no ha cometido falta alguna contra dioses y gobernantes, pero que es objeto de todas las desgracias posibles: pierde su cargo, riquezas, familia y reconocimiento social.

Yo, que solía caminar como un noble, he aprendido a arrastrarme.

De dignatario que era me he convertido en un esclavo

y a pesar de mi numerosa familia me he convertido en un marginado.

El protagonista clama a los dioses, a quienes siempre respetó, y los culpa de sus desgracias; pero ellos no muestran ninguna señal de querer intervenir en su favor:

Mi dios me abandonó, desapareció en su Montaña,

mi diosa partió, se fue de mi lado,

se apartó el espíritu Shedu que estaba a mi lado,

se separó mi espíritu Lamassu que buscó a otro.

Esta parte del poema es un fuerte cuestionamiento a los dioses y a su misericordia:

He clamado a mi dios, pero no ha mostrado su rostro,

he suplicado a mi diosa, mas no ha levantado su cabeza.

Y acusa a los adivinos y exorcistas por su incapacidad para ayudar a los hombres en los mayores trances de la existencia:

Ni el adivino en su examen ha encontrado explicación,

ni el intérprete de sueños, en su libación, ha puesto en claro mi caso.

Imploré al espíritu Zaqiqu, pero no abrió mi entendimiento.

Y el exorcista, mediante su ritual, no aplacó la ira divina contra mí.

Así, la voluntad divina es incomprensible para el hombre, su justicia dudosa y la realidad mudable y ajena a su control:

¿Quién entiende la voluntad de los dioses del cielo?

¿Quién conoce la decisión de los dioses de las profundidades?

¿Dónde aprendieron los humanos los comportamientos de los dioses?

El que ayer estaba vivo, hoy está muerto,

el que hace un momento estaba triste, se alegró de inmediato,

Pero a las pérdidas materiales y sociales se añade la enfermedad. A las puertas de la muerte, el poeta describe el sufrimiento y desamparo con impresionante realismo:

Y a mí, el miserable, la tempestad me arrastra,

una enfermedad debilitante ha caído sobre mí,

un viento destructivo sopló desde el horizonte.

 

Todos estos males, al mismo tiempo se han echado sobre mí;

han aplastado mi cabeza y apretado mi cráneo,

ensombrecieron mi rostro, inundaron de lágrimas mis ojos,

tomaron mi cuello, debilitaron mi nuca,

golpearon mi pecho y azotaron mi seno,

atacaron mi carne, me causaron convulsiones.

Se pone en duda la bondad y misericordia de unos dioses que ni siquiera a punto de morir, se apiadan de él y se cuestiona la eficacia de sus intermediarios, los sacerdotes.

Mi dios no vino a ayudarme, no tomó mi mano,

mi diosa no fue misericordiosa conmigo, no vino a mi lado.

Mi tumba está abierta y está listo mi ajuar funerario.

Antes incluso de morir, los lamentos para mí ya habían terminado.

Aunque en las últimas tablillas recupera todo lo perdido gracias a la intervención divina, las ideas antirreligiosas dominan la mayor parte de este poema y se manifiestan con enorme fuerza expresiva, trayendo hasta nosotros los detalles de aquella remota civilización, cuna del pensamiento y referente para todas las grandes culturas. Definitivamente, Ludlul Bel nemequi es el precursor de otro justo sufriente, el Job hebreo, cuya historia parece una calca del monólogo de Shubsshi-meshre-Shakkan.

 

* Traducción de Federico Lara Peinado en Nueva Revista de Política, Cultura y Arte. Madrid, España. Enero de 2004.

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