LOS POETAS HEBREOS DE LA ANTIGÜEDAD

Tania Zapata Ortega

¿Para qué salí del seno?¿Para ver trabajo y dolor,

 Y que mis días se gastasen en afrenta? JER: 29.18

La literatura hebrea es sin duda una de las fuentes más importantes de la cultura moderna, no sólo por su importancia para el establecimiento definitivo de los tres grandes sistemas monoteístas del mundo: islamismo, judaísmo y cristianismo (en todas sus variantes), sino por ser un asombroso compendio histórico en el que se incluyen cantos patrióticos, crónicas de guerra, piezas oratorias, concepciones teológicas y cosmogónicas, reflexiones filosóficas, textos sapienciales, jurisprudencia, plegarias, poesía y relatos de antiquísima factura que reflejan fielmente la vida, costumbres y valores de este pueblo nómada que en su largo peregrinar fue recogiendo, de los sumerios, egipcios y babilonios, mitos y leyendas para crear grandes monumentos literarios.

     La obra principal de la literatura hebrea de la antigüedad es La Biblia (voz de origen griego que significa “los libros”), que se divide en Antiguo Testamento, obra colectiva, recogida de la tradición oral hacia el primer milenio a.n.e. y que es considerada como un libro sagrado para quienes profesan las religiones cristiana y judía; y el Nuevo Testamento, escrito después del nacimiento de Jesús de Nazaret, según la tradición cristiana. No menos importantes para entender la historia de este antiguo pueblo son las obras rabínicas o Talmud, los Rollos del Mar Muerto (de reciente hallazgo), la filosofía de Maimónides y algunos de sus poetas y grandes hombres.

            Varios de los “libros” del Antiguo Testamento pueden considerarse como poesía lírica: Salmos, de contenido básicamente religioso, con bello estilo simbólico; Lamentaciones, en donde se deplora la destrucción de Jerusalén; Cantar de los Cantares, obra de contenido erótico atribuida al Rey Salomón, que trata de sus amores con la Sulamita y que algunos creen que simboliza la unión entre Dios y su iglesia; y Job, libro del que nos ocupamos hoy.

            La historia del justo sufriente fue recogida por los rabinos de un antiguo relato babilonio e incorporada como propia. En la versión hebrea, Job es un varón, es decir un próspero patriarca, “perfecto, recto, temeroso de Dios y apartado del mal”. Jehová, el dios Hebreo, orgulloso de su obediencia y piedad, lo elogia frente a Satán, quien pone en duda su integridad y asegura que, de perder todo cuanto posee, su piedad desaparecerá, dando paso a la blasfemia. Jehová permite que Satán desate sobre Job todas las calamidades posibles, su familia muere, su hacienda se pierde y él mismo ve su cuerpo cubierto de sarna de los pies a la cabeza, mientras clama a un dios que parece haberlo abandonado sin razón, pues él ha observado todos sus preceptos.

     En esta incomprensión de los designios de la divinidad, que se alejan de la justicia y del premio a la obediencia a la ley, se transparenta la angustia de una gran parte del pueblo judío y su impotencia ante el azote de las guerras y las enfermedades de su tiempo; estremecedor es el lamento de Job ante el azote de las desgracias, tanto, que trasciende su época y nos lega una bellísima expresión del dolor humano.

JOB ESTÁ CANSADO DE SUFRIR

Está mi alma aburrida de mi vida.

Daré yo suelta a mi queja sobre mí,

Hablaré con amargura de mi alma.

Diré a Dios: no me condenes,

Hazme entender por qué pleiteas conmigo.

¿Parécete bien que me oprimas,

Que deseches la obra de tus manos,

Y que resplandezcas sobre el consejo de los impíos?

¿Tienes tú ojos de carne?

¿Ves tú como ve el hombre?

¿Son tus días como los días del hombre,

O tus años como los tiempos humanos,

Para que inquieras mi iniquidad,

Y busques mi pecado,

Sobre saber tú que no soy impío,

Y que no hay quien de tu mano libre?

Tus manos me formaron y me compusieron,

Todo en contorno: ¿y así me deshaces?

JOB. 10:1-8

¿Por qué me sacaste de la matriz?

Habría yo expirado y no me vieran ojos.

Fuera, como si nunca hubiera sido,

Llevado desde el vientre hasta la sepultura.

¿No son mis días poca cosa?

Cesa, pues, y déjame, para que me conforte un poco.

Antes que vaya para no volver,

A la tierra de tinieblas y de sombra de muerte;

Tierra de oscuridad, lóbrega,

como sombra de muerte, sin orden,

Y que aparece como la misma oscuridad.

                                               JOB. 10:18-22

            La poesía lírica del Antiguo Testamento es rica en metáforas, símbolos, reiteraciones y paralelismos entre otras figuras retóricas; la fugacidad de la existencia, el sufrimiento humano desde el momento mismo de nacer, la imposibilidad de modificar, mediante la voluntad, los designios divinos se manifiestan a través de una alegoría en la que se equipara la vida del hombre con la de una flor o un árbol.

JOB MENCIONA LA BREVEDAD DE LA VIDA

El hombre nacido de mujer,

Corto de días, harto de sinsabores,

Que sale como una flor y es cortado;

Y huye como la sombra y no permanece.

¿Y sobre éste abres tus ojos,

Y me traes a juicio contigo?

¿Quién hará limpio de inmundo? Nadie.

Ciertamente sus días están determinados,

Y el número de sus meses están cerca de ti.

Tú le pusiste términos, de los cuales no pasará.

Si tú lo dejares, él dejará de ser.

Entre tanto, deseará como el jornalero su día.

Porque si el árbol fuere cortado,

Aun queda de él esperanza; retoñecerá aún,

Y sus renuevos no faltarán.

Si se envejeciere en la tierra su raíz,

Y su tronco fuere muerto en el polvo,

Al percibir el agua reverdecerá,

Y hará copa como planta.

Más el hombre morirá, y será cortado;

Y perecerá el hombre, ¿y dónde estará él?

Las aguas de la mar se fueron,

Y agotóse el río, secóse.

Así el hombre yace,

Y no se tornará a levantar

JOB. 14:1-12

     Para redondear el planteamiento religioso y reforzar la idea de que el hombre debe resistir todas las pruebas, por mucho sufrimiento que éstas representen sin renegar de Dios, en el relato bíblico, Elifaz, Bildad y Sofar, amigos de Job, acuden a consolarlo y al oír su clamor y sus quejas lo reprenden y comienzan una discusión teológica cuyo núcleo es: si la desgracia es un castigo a las malas acciones, ¿por qué un justo sufre tantas calamidades?; Job insiste en que se trata de una prueba divina. El debate es zanjado por Jehová, quien restablece el orden divino al restituirle a Job todos los dones que le habían sido arrebatados por Satán.

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